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ABORTO

Aportes filosóficos para el debate


enfoques
lunes, 16 de abril del 2018 | 04:00Hs

Por Rodolfo Zehnder. Llama poderosamente la atención que los que están a favor de la penalización del aborto manifiestan que el tema en discusión no es ni filosófico ni ético, sino de índole práctica: qué hacer con los embarazos no deseados y la libre disposición que harían las mujeres de ese cuerpo extraño que no quieren dar a luz.
La confusión es clara, pues se trata, precisamente, de una discusión ética, sobre un fundamento filosófico, no necesariamente religioso.
Todo el orden normativo de un país, y en modo especial el Derecho Penal, se estructura sobre la base de determinados valores, y teniendo presentes los disvalores, que animan una sociedad, que le dan vida, que la sostienen hasta convertirla en una comunidad que hace suyos dichos valores, que rechaza los antivalores, y que ese estar de acuerdo sienta las bases necesarias para que subsista como tal.
Si el Código Penal sanciona el hurto y el robo, es porque dicha comunidad entendió que la propiedad privada era un valor a defender, un bien jurídico que merecía sostenimiento y que habilitaba entonces el castigo para quien no lo respetara. Si sanciona las calumnias e injurias, es porque entendió que el honor de una persona era un valor a defender. Si sanciona, en todo un capítulo, a quienes cometen delitos contra la vida, incluyendo en dicho capítulo al homicidio, al aborto, a las lesiones…, es porque interpretó que la vida era un valor a defender; y así con todos los otros bienes jurídicos. El sistema de sanciones de la sociedad encuentra su fundamento último en el sistema de valores, que determina "lo que se les exige a las personas y lo que les está prohibido, lo que se elogia y recompensa y lo que se censura y castiga" (FICHTER).
Los tiempos que transitamos, en esta posmodernidad líquida (BAUMAN), donde pareciera que todo da igual, que no hay verdades absolutas e inclusive se habla de una posverdad como elemento integrante de esta sociedad, en el que el relato fantasioso y mentiroso puede llegar a constituirse en una verdad defendible, se caracteriza también porque la humanidad –ya sin norte, ya sin certezas, ya liberada" del "yugo y opio" de las religiones- "no sabe "hacia qué estrella vivir" (BERGSON), no tiene horizonte, no le encuentra sentido a la vida, no está más re-ligada a un absoluto, no tiene pautas objetivas de referencia para descubrir qué es lo bueno y qué lo malo, qué lo justo y qué no lo es".
Los cimientos morales y éticos en los que se basan las sociedades tienden a desmoronarse. O al menos a relativizarse. Recordemos que hay tres posibles morales o éticas conductuales: 1) En uno de los extremos, la moral subjetiva: yo decido qué está bien y qué está mal; será bueno aquello que me parezca a mí, normalmente asociado con lo útil, porque eso es lo que me trae la felicidad (BENTHAM). El acendrado individualismo propio de nuestra época actual navega por esta concepción, absolutamente relativista, individualista, de egoísmo inmenso. 2) En el otro extremo –y sin que lo extremo tenga una connotación peyorativa- tenemos la moral objetiva: yo no me trazo mi propia moral sino que el orden moral viene dado por otro, por un Absoluto (llámese Dios o como se lo quiera llamar), que es quien determina qué es lo bueno y qué lo malo y que el hombre puede ir descubriendo a través de su razón. En todo caso, mi libertad jugará en cuanto a querer aceptar voluntariamente tal orden moral o desobedecerlo, pero dicho orden es extrínseco a mí, yo no lo he establecido sino que fue  Otro. 3) Y tenemos en tercer lugar lo que hoy se enseña y defiende en casi todos los claustros académicos de las universidades, de los think tank, de los detentadores del poder y formadores de opinión mediática, al menos de Occidente: lo bueno y lo malo lo determinará cada sociedad, según el lugar y momento histórico que le toque vivir. Es la moral del consenso: como la democracia es un valor (absoluto?), qué mejor que cada sociedad decida sobre ello, a través de sus representantes (con prescindencia de si realmente me representan) y mejor aún, a través de medios de democracia directa como el referéndum o plebiscito o consulta popular.
Está claro que cada sociedad en determinado momento de su historia, decide cuál será su ordenamiento, pero hay que ser muy cuidadosos cuando se trata de definir valores fundantes. Nadie pone en duda, al menos en la mayor parte de Occidente, que la pena de muerte, por ejemplo, es inadmisible, porque no hay valor ni derecho superior al de la vida, fuente y madre de todos los demás, que no existen sin ella.  Pero no se advierte que el embrión, ya es una persona humana, es la más indefensa, y sin embargo ciertos defensores de los derechos humanos y de un feminismo mal entendido no tienen empacho en sacrificarlo.
Ocurre entonces que en este "oscurantismo" propio de nuestra época posmoderna, se llega a cuestionar  -para justificar el asesinato- cuándo comienza la vida humana, y hasta se la relativiza: a las 14 semanas, por ejemplo, como uno de los proyectos abortistas (y el que más probabilidades tiene de triunfar) sostiene. De más está decir que ello es totalmente arbitrario y anti-científico (enorme paradoja para los que rinden culto al "progreso indefinido") porque la ciencia ha demostrado cabalmente que ya hay vida desde la concepción, mal que le pese a muchos.
Pero no quiero detenerme en cuestiones científicas, porque en última instancia el hombre posmoderno, que rinde culto por un lado a la ciencia y la técnica, y ello lo llevaría a sostener una postura antiabortista, filosóficamente es un hombre, como vimos, que todo lo relativiza y que no dirige la mirada al otro, al prójimo, porque es esencialmente individualista. Por tanto, hay que absolutizar el deseo de la mujer con un embarazo no querido. ¿Y cómo salvo la existencia del otro, del embrión? El hombre posmoderno no tiene compasión ni misericordia, y el embrión no es el  prójimo, el otro, el que está cerca, sino simplemente un manojo de células sin nombre ni destino. El espectáculo visual y auditivo de los mass media, que me pone en contacto con el dolor, la muerte, y las miserias humanas (la guerra, el hambre, la explotación del hombre por el hombre) no me llegan ni me conmueven, porque los tengo a mi vista en la pantalla del televisor pero son lejanos, son otros, son inalcanzables, están fuera de mi espacio vial, en definitiva no existen (LIPOVETSKY).
Esas son, a mi entender, las raíces filosóficas subyacentes en los defensores del aborto, que son muchos porque todos estamos inmersos en este posmodernismo sin pasiones ni utopías, vacío, paradojal, pseudo-humanista, y ciertamente estremecedor.

 

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