municipalidad
CentroAsistencial
estrella
estrella
estrella
estrella
estrella

Votá la noticia

La otra mirada: A 50 años de la tragedia de River

Cuando la muerte ganó el clásico

Fue el 23 de junio de 1968. Había terminado un pálido superclásico sin que River ni Boca pudieran romper el 0 a 0. En la puerta 12 del estadio Monumental se produjo una avalancha cuando la gente intentaba ganar la calle. Murieron 71 hinchas visitantes, en su mayoría menores. La justicia nunca pudo encontrar a los culpables del mayor drama que recuerda el fútbol argentino.


yo opino
lunes, 02 de julio del 2018 | 04:00Hs

Si la puerta que nos lleva a la vida ya es estrecha, ¿Cuanto más angosta será cuando nos interponemos en medio de ella? (Mateo 7:13)
Hay un intenso olor a humedad, una oscuridad profunda que se desgarra por gritos y gemidos. Voces de niños que piden por sus padres. Voces de hombres que piden por sus madres. No se escuchan cantos de gol ni rituales de tribuna, solo el dolor parece invadir el templo de la pelota. Yo quiero creer que voy a abrir los ojos y será como la primera vez que pisé el estadio. Ver a las personas que me rodeaban entonces, con sorpresa y espanto, alegre por descubrir que están a mi lado compartiendo el llamado "amor por el fútbol", del que se habla tanto y se entiende poco. Treparé hasta lo alto de la tribuna y descubriré, como esta tarde de domingo 23 de junio de 1968, que la pasión por la pelota vale cualquier cosa. Menos una vida. Una sola.
No hay luz en este túnel, ni siquiera la más tenue. De a poco los gritos se vuelven gemidos antes de que las sirenas terminen por taparlos. Mi cuerpo se siente laxo y aprisionado al mismo tiempo, pero no hay dolor. Quiero volver a descubrir la risa cristalina de Ángel Clemente Rojas después de robarle la gorra al eterno Amadeo Carrizo que se niega a empezar el clásico si el ídolo de Boca no se la devuelve. Espero recordar como se cantaba en las tribunas a pesar de sufrir durante noventa minutos de juego olvidable. Si hasta Amadeo devolvió la burla de Rojitas sentándose sobre el césped ante la ausencia ofensiva de Boca.
Quisiera volver a mirarlo todo, y a todos, como si fuese la primera vez, fundamentalmente a aquellas pequeñas cosas a las que yo estaba acostumbrado y comienzo a extrañar. La luz, por ejemplo. Aquí, en este túnel húmedo ni siquiera se ve en el final del camino. Tampoco hace frío. Como el que nos calaba los huesos en la tribuna que da a Figueroa Alcorta, en la que estábamos tan apretados como en el resto del estadio. Costó mucho juntar los 300 pesos moneda nacional de la entrada, por eso no quería irme antes, aunque el pálido partido casi me empujara al exilio. Pero la multitud me llevó con ella. Éramos como un largo cotejo que caminaba, sin saberlo, hacia la muerte. ¿No debería ser el fútbol un lugar para disfrutar de la pasión a cielo abierto? ¿No debería ser el fútbol una excusa para ser feliz y no un lugar donde morir? 
El último tramo de las escaleras que bajan a la puerta 12, el que luego llamarían sector L de la tribuna alta Centenario, el que siempre es ocupado por los hinchas visitantes como esta vez, por nosotros, los de Boca, tiene 80 escalones entre el descanso al aire libre del primer piso y la calle. En cada una caben 15 personas como máximo. Un túnel oscuro y peligroso. Una trampa terrible si los simpatizantes que están abajo no pueden salir y los que están arriba empujan sin saber que sucede. Y nosotros no lo sabíamos
Antes de entrar a este túnel sin luz, sentía que iba por el aire, sin tocar el piso. Pero algo empezó a salir mal. Cada vez estaba más apretado. Empezaron los gritos de pánico, de mucho miedo. La gente que estaba abajo quería subir. Quedamos unos encima de otros casi sin poder respirar soportando una terrible presión. Me caí y después me desmayé. Fue demasiado tarde cuando los gritos y los gestos desesperados pudieron detener la marea descendente. Otros setenta hinchas desfilan a mi lado en el túnel sin luz. Somos setenta y un muertos por golpes y por asfixia. ¿Por qué? 
Antes de que las voces se apaguen, gritaban que los portones metálicos estaban cerrados o entornados. Y que los molinetes no habían sido retirados. Otras voces afirman convencidas que la tragedia fue causada por una brutal represión policial. Que la temible policía montada, en tiempos gobernados por el dictador Juan Carlos Onganía, detuvo a quienes querían escapar por aquella salida. La iluminación de la escalera era inexistente, el piso estaba resbaladizo y no había pasamanos ni barandas. Era fácil caerse. Demasiado fácil. 
Ahora los gritos son otros, distintos. De familiares que buscan a sus seres queridos, de quienes tratan de ayudar a los que todavía están vivos. Se van marcando con números en la frente y en el pecho a los que no respiran. Sirenas y luces intermitentes irrumpen en el lugar donde la muerte acaba su festín. Veo todo desde lejos y me parece ajeno.
Los hechos de la Puerta 12 trascendieron las fronteras del país en tiempos de comunicaciones precarias. Unidos por el espanto, el Barcelona de España, la Universidad de Chile y la Liga Paraguaya, entre otros, ofrecieron sus equipos para jugar partidos en Buenos Aires a beneficio de los familiares de las víctimas. En el país se decretó duelo nacional. El martes fueron enterradas la mayoría de las víctimas. Dos meses después, el juez ordenó la prisión preventiva de Américo Di Vietro y Marcelino Cabrera, intendente y capataz de River, y dispuso un embargo de 200 millones contra ambos y contra el club. Pero a fines de noviembre, y mientras en el teatro Agón se representaba la obra "La Puerta 12", de Martha Pensel y Gerald Huillier, la sala VI de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional, integrada por Raúl Munilla Lacasa, Jorge Quiroga y Ventura Esteves, sobreseyó definitivamente a ambos imputados y les levantó el embargo. Los tres camaristas consideraron que las pruebas demostraban que, antes de haber terminado el partido, todos los obstáculos habían sido removidos. La queja presentada ante la Corte Suprema por los damnificados quedó "dormida" largamente.
Abdul nació y creció cerca del Monumental y entonces oía muchos de los relatos sobre la puerta 12. Él no creía en los fantasmas hasta que algo le ocurrió. Con uno de sus compañeros de inferiores millonarias, ponían velas blancas en la puerta 12, cada día en que se conmemoraba la tragedia. Cuando se sentaban en las escaleras, una brisa de aire frío los rodeaba. Cuenta Abdul que uno de esos 23 de junio un pibe, Silvio, empezó a decir cosas raras, como si estuviese soñando. Abdul apenas pudo entender que alguien preguntaba por su hijo a través de la boca de Silvio. Solo atinó a gritarle que estaba muerto. Entonces de la boca del pibe surgió un gemido. Y las velas se apagaron. Son muchos los mitos sobre los fantasmas de la puerta 12. Es que a pesar del tiempo y del olvido, la falta de justicia mantiene viva la herida.
El túnel ya no huele a humedad ni se escuchan gemidos. Y hasta parece haber algo de luz. Espero volver a mirarme para reencontrarme con mi cuerpo y con mi alma. Quisiera ser nuevamente una sorpresa permanente para mi mismo. Redescubrirme en las pequeñas cosas que me hicieron feliz más allá de cualquier explicación. Como volver a jugar a la pelota. O entrar a un estadio con la multitud desbordada por la pasión. Espero por la redención del fútbol como juego. Por que vuelva a ser una forma de dignificar la vida. 

¿Qué te pareció la nota?

estrella
estrella
estrella
estrella
estrella

¿Qué te generó la nota?

Más notas de yo opino en el día de hoy

El diario de hoy

Haga click sobre la tapa y lea el diario completo edición impresa

RPM
RafaelaNoticias
RadioUniversidad
RadioRivadavia
RadioMitre
Escobar

Lo último

mutualunion

5RTv El canal de Santa Fe en vivo

Ediciones anteriores

Desde aquí puede ver cualquier edición del diario directamente desde la web