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La otra mirada: Historia de fÚtbol

Cuando la pelota se quedó sin Dios

En un Superclásico como el de ayer, pero veinte años atrás, Diego Armando Maradona se retiraba definitivamente de las canchas. Fue en el entretiempo, reemplazado por un joven Juan Román Riquelme. Se fue envuelto en polémicas, como reflejo de su vida fuera de los estadios. Se fue ganador, como lo merecía su talento.


yo opino
lunes, 06 de noviembre del 2017 | 04:00Hs

Hay clima de fiesta de fútbol en el país, como cada vez que se juega un Superclásico. Hay una multitud que peregrina hacia el templo de esa religión que no tiene ateos, cubriendo Figueroa Alcorta, Udaondo, Lugones, bajando por el puente Labruna y acelerando el paso para ganar un mejor lugar en las tribunas. Y para tratar de estar adentro cuando se desate el temporal. El que genera el ingreso de los equipos. Y el que amenaza caer desde el cielo con forma de tormenta despiadada. Es 25 de octubre de 1997 y la décima fecha del Apertura que finalmente ganaría River con un punto de ventaja sobre Boca, se vivía con intensidad.
El Monumental ya está repleto. Desbordado de gente y de pasión. 60.000 espectadores generaron una recaudación de 1.182.165 pesos. Sin embargo, ninguno de ellos sabe, ni supo cuando compró su entrada, que están a punto de presenciar un partido histórico, único, irrepetible y que quedará grabado para siempre en las estadísticas del fútbol mundial. La infrecuencia de que sea un sábado no le quita expectativa al choque. En primer lugar porque hace un puñado de meses, ambos regalaron un espectáculo emocionante. Ganaba Boca 3 a 0, pero River lo remontó y todo terminó 3 a 3, con un cabezazo agónico de Celso Ayala. Pero además, porque los locales quieren quebrar una racha de más de 7 años sin victorias, desde el Apertura de 1990, cuando el Pipa Higuaín de palomita y el Polillita Rubén Da Silva decretaron aquel contundente y lejano 2 a 0. Para los visitantes es otra ocasión para prolongar una paternidad que se inició en 1991 y que parece no tener fin.
El estadio se conmueve cuando ingresan los equipos. Todos, tengan la camiseta que tengan, posan sus ojos en el hombre que viste la azul y amarilla con el mítico 10 en la espalda. Tal como lo había prometido en la semana, después de persignarse y saludar a sus hinchas, Maradona se dirige hacia el banco de suplentes local y le da la mano al director técnico de los millonarios, Ramón Ángel Díaz, viejo amigo, ahora distanciado. Fue el primer acto conmocionante de la jornada en que ambas hinchadas se unieron para respetar el emotivo recuerdo de José Luis Cabezas, a 9 meses del macabro asesinato del reportero gráfico. Pero lo más importante estaba por venir. Aunque todos nos enteraríamos de ello tiempo después.
Maradona se pasea como un fantasma sobre el piso del Monumental. Se nota que no puede con su alma. Que su físico y su mente le pasan factura por tanto tiempo de exigencias desmedidas dentro y fuera del fútbol. Diego había entrenado solo en Uruguay para volver a Boca, casi había armado él un equipo donde se destacan figuras como Martín Palermo, los mellizos Barros Schellotto o Nolberto Solano. Había soportado que se hable de nuevos controles positivos y que la justicia lo salve de una suspensión por supuesto dopaje. Pero las lesiones lo perseguían y aunque se cuidó especialmente para ese partido, una nueva molestia lo dejaría fuera de juego en el entretiempo. Antes, a los cuarenta, Salas se la baja a Berti en la medialuna del área y la Bruja clavó de zurda el 1 a 0 parcial. Entonces el Bambino Veira decide un par de cambios. Claudio Paul Caniggia por Maradona. Y un pibe de 19 años que usa la camiseta número 20, pinta para crack y se llama Juan Román Riquelme, va en lugar de Vivas. Pero las crónicas, con el paso del tiempo, aseguraron que el cambio fue "Román por Diego" para pintar la imagen que simbolizó el traspaso del legado de la 10 Xeneize.  
Diego mira el segundo tiempo desde el banco sin saber que es el último de su vida. Grita el empate de Toresani y el gol de la victoria final nacida en la cabeza dorada de Palermo justo cuando la lluvia comienza a caer lentamente. Como si el cielo tomara conciencia que la magia de Diego solo sería posible de ver de ese momento en adelante en la televisión o en el cine. Que ya nunca más el barrilete cósmico volvería a volar. Maradona se fue entre polémicas, con gestos y frases: "A River se le cayó la bombacha", dispara frente a los micrófonos con su clásica incontinencia verbal.
"Cinco días después -cuenta Maradona en su libro-, el 30 de octubre de 1997, el día de mi cumpleaños número 37, en medio de rumores sobre mi control antidoping, sobre si había tomado falopa o no, a alguien se le ocurrió decir que mi viejo se había muerto". Maradona tomó el teléfono desesperado y una vez pasada la preocupación, se hartó: su padre ya había tenido problemas con la presión a causa de los constantes rumores sobre supuestos dopajes. Ese día se reunió con su papá en la casa del barrio de Villa Devoto. Al día siguiente Fernando Niembro lo llamó para hacerle una nota más. Y Diego soltó la bomba: "Me voy, ya no aguanto más. Así no tiene sentido que siga jugando. Prefiero retirarme ahora y no pagar con la vida de mi viejo los rumores", dijo. En su libro, Maradona ahonda un poco más: "Sentí que había llegado el momento de dejar de hacerlos sufrir. Y le dije adiós al fútbol. ¿Para siempre? Jamás diría eso".
El Diego de hoy ya no transita las canchas sino el banco de suplentes del Al Fujairah Sport Club, de Dubai, donde cientos de miles lo idolatran y ven en este hombre regordete al pibe que hacía magia en pantalones cortos. Allí, en la ciudad de los Emiratos Árabes Unidos, su nueva Cuba, se aísla de tanta polémica nueva, interminable, en torno a su nombre. Para los chicos que no llegaron a verlo jugar, Diego es un símbolo más que un futbolista.
Quienes lo vieron dentro de una cancha, lo aman fundamentalmente por dos goles. Por el más hermoso de la historia de los mundiales y por el tramposo, el de la mano. Curioso, en el futbol, a veces es más digno de admiración el gol del ladrón que el del artista. Quizás ahí está la fuente de la veneración universal: no siempre la gente se reconoce en los Dioses intactos, purísimos. Diego es un Dios sucio, pecador, el más humano de los Dioses. Es su tragedia: los Dioses no se jubilan por más humanos que sean. No regresan a la anónima multitud de dónde vienen. Están obligados a ser el muerto de cada velorio, el marido de cada boda. Y entonces debe ser difícil dejar de creerse Maradona. Por eso, la droga más devastadora para Diego no fue la cocaína sino la exitoína. Cuenta el "Negro" Fontanarrosa: "la enciclopedia escrita dentro de cien años dirá, con la austera severidad de las enciclopedias y prescindiendo de chusmeríos, escándalos y escandaletes: Maradona (Diego Armando): Genial futbolista argentino nacido en 1960, que regaló felicidad a todo un pueblo".

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