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Historias de tenis: Abierto de Australia.

Cuarenta años después

En las canchas de Melbourne Park ya se vive el primer Grand Slam de la temporada. Un torneo que creció exponencialmente y es una muestra real de lo que viviremos a lo largo del año. Nuestra ilusión está puesta en Juan Martín del Potro, iluminada por el recuerdo de los grandes hitos de Guillermo Vilas.


yo opino
lunes, 15 de enero del 2018 | 04:00Hs

Las imágenes muestran gigantografías con frases contundentes e imágenes futuristas en el maravilloso complejo Melbourne Park. La palabra "Revolucionario", se lee en muchas de ellas. Australia tiene una riquísima tradición en el tenis, pero el presente intenta superarlo. Y el contagio que genera el torneo también. En 2017 se batió la marca de concurrencia, 728.763 espectadores tuvo el "Happy Slam". Pero el director del torneo, Craig Tiley, subió la apuesta. Fueron muchos años en los que el Australian Open fue considerado el cuarto grande. Hoy la realidad lo muestra como el gran torneo que funciona como una locomotora que pone en marcha la temporada del ATP Tour.
La historia de este Open muestra muchas variantes y cambios. Se modificó su nombre, la sede, y hasta la superficie que se utiliza. Muy distinto a Wimbledon, por ejemplo, donde mandan las tradiciones aún por sobre los intereses económicos. El torneo fue creado en 1905, y en principio era llamado "Campeonato de Australia". En la primera edición hubo solo 17 inscriptos y el torneo comenzó como una excusa para darle rodaje al equipo de la Copa Davis de ese país. Ese sería el comienzo de lo que hoy es una empresa que convoca más de 500.000 personas durante dos semanas, factura millones de euros y ya es el certamen más importante de Oceanía y Asia. La primera final en Melbourne fue disputada en Warehousemen’s Cricket Ground en Albert Park, una cancha de cricket, entre Rodney Heath, el campeón, y Arthur Curtis, y fue presenciada por 5.000 personas. Las sedes siempre rotaron, y así el torneo pasó por Sídney, Melbourne, Adelaida, Brisbane y Perth, y un par de veces (1906 y 1912) se mudó a Nueva Zelanda. Incluso, en 1909, la prueba se realizó en el zoológico de Perth. Entre 1977 y 1985 se disputó en el mes de diciembre, volviendo a su ubicación original en enero de 1987. Por esa razón, en ese año se celebraron dos ediciones una en enero y otra en diciembre, y en 1986 no se jugó.
El trofeo individual femenino lleva el nombre ‘Daphne Akhurst Memorial Cup’ en honor a la jugadora de Sidney que ganó cinco títulos. El masculino, ‘Norman Brookes Challenge Cup’, por el primer jugador australiano que se destacó fuera de Oceanía. El Grand Slam, organizado por la Federación Internacional de Tenis se juega en veinticinco canchas, incluidas las tres principales: Rod Laver Arena, Hisense Arena y Margaret Court Arena. Estos estadios cuentan con techo retráctil empleado en casos de lluvia o calor extremo.
Detrás de esta realidad, que en lo tenístico tiene a Juan Martín del Potro recuperado y en carrera plena a tratar de conseguir su segundo gran certamen, tras haber ganado el Abierto de los Estados Unidos, hay un recuerdo que permanece imborrable para los argentinos que pasamos los cincuenta y seguimos desde hace largo rato al tenis mundial. En imágenes sepia aparece el viejo estadio Kooyong, con un césped que buscaba diferenciarse de Wimbledon, un sitio que siempre fue propicio para Guillermo Vilas. Es que él, como en tantas otras áreas del tenis de nuestro país, también fue pionero en un sitio que la mayoría de los jugadores nacidos en estas tierras ignoraban. Allí Willie ganó el Máster de 1974 y había llegado a la final de 1977, su gran año, en la que cayó derrotado por el mortífero saque de Roscoe Tanner. Se puede discutir si hace 40 años de esto o solo 39, porque el Abierto de Australia se jugaba en Kooyong entre la última semana de diciembre y la primera de enero. Pero no importa demasiado.
Tras la derrota ante Tanner, con Björn Borg y Jimmy Connors ya comenzando a recuperar el liderazgo, y fundamentalmente con la aparición de José Luis Clerc en gran nivel, Vilas se propuso lograr su tercer gran torneo luego de haber ganado Roland Garros y el US Open. Por eso viajó un mes antes para prepararse sobre césped, y se encontró con que el torneo se armó con dos cabezas de serie argentinos. Él salió de 1 y Clerc de 2, en un hecho histórico para el país, pero conmocionante para Guillermo. Tal vez por ello, y a pesar de la derrota de su compatriota en el debut, su juego no apareció hasta la semifinal, más allá de las victorias. Le ganó a los locales Brad Drewett, Allan Astone y Tony Roche para tener la chance de jugar por un sitio en la final. Y en ese encuentro arrolló al estadounidense Hank Pfister por 6/2, 6/0 y 6/4. La revancha estaba frente a él.
Pero probablemente el recuerdo más intenso y extraño de ese Abierto no sea la consagración de Guillermo, que ya en esa instancia parecía lógica, sino el increíble camino de su rival, el australiano John Marks. Sin estar clasificado entre los 150 primeros del ranking, apenas conocido como doblista, el local tuvo sus dos semanas de gloria. Y de fortuna. Se benefició el primer día por el abandono de Clerc, quien le estaba ganando, pero acusó un dolor en la rodilla, y se retiró. En los cuartos de final, nadie le daba chance alguna contra su compatriota John Alexander, pero éste sufrió una lumbalgia que le impidió moverse sobre la cancha. En semifinales, Marks se topaba con un excampeón de Wimbledon y un estilista del tenis como Arthur Ashe. Esa tarde, fuertes remolinos de viento y una nube de mosquitos invadieron el Kooyong. El gran Arhur se desencajó y prácticamente tiró el partido. Nadie lo podía creer. Un desconocido estudiante de ingeniería y tenista semi profesional, en una semana trepó a la gloria en un país rebosante de tradición deportiva.
En la final, ese aura fantasmal de Marks permaneció por más de una hora en el estadio, y hasta le arrebató el tercer set a Vilas. Pero no pudo más, y el match se cerró 6-4, 6-4, 3-6 y 6-3 para Guillermo. En el vestuario, había cartelitos de aliento, consejos de Tiriac, y cartitas de sus admiradoras. Su festejo fue íntimo y sobrio, y su cheque, infinitamente menor al que recibe hoy el campeón del mismo torneo. Quién se corone dentro de quince días se llevará 4 millones de dólares, apenas 1 menos de lo que ganó Vilas en toda su carrera, que incluye 62 títulos, cuatro de ellos de Grand Slam, y tantísimos otros resultados menores. Una temporada más tarde, el más grande tenista de nuestra historia volvería a ser campeón, esa vez derrotando en la final a John Sadri por 7-6, 6-3 y 6-2. Desde esta madrugada disfrutamos nuevamente del comienzo de una temporada de tenis. Lejos del glamour de Roland Garros, en París, en las antípodas del tradicionalismo y la flema inglesa de Wimbledon y algo más cerca de esa hoguera de vanidades que es Nueva York en tiempos del U.S.Open, el Abierto de Australia acapara todas las miradas de quienes siguen el mundo del tenis. Porque se trata de un Grand Slam y porque al abrir la puerta del año, se ve en perspectiva lo que luego disfrutaremos con el correr de los meses. Cada año distinto. Cada año mejor.

 

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