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LA OTRA MIRADA

Déjà vu, milrayitas y una deuda

"Veo las cosas como son, vamos de fuego en fuego hipnotizándonos, y a cada paso sientes otro déjà vu. Similitudes que soñás, lugares que no existen, pero vuelves a pasar, errores ópticos del tiempo y de la luz. Vuelve la misma sensación. Mira el reloj, se derritió. Rebobinando hacia adelante te alcanzó. Y a cada paso sientes otro déjà vu", Gustavo Ceratti.


yo opino
sábado, 23 de septiembre del 2017 | 04:00Hs

Foto: D. Camusso
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Todo el mundo ha experimentado el desconcertante misterio del déjà vu, ese flash de la memoria en el que uno siente que conoce de toda la vida a alguien a quien le acaban de presentar o en el que reconoce un lugar aunque nunca antes haya estado allí o como en este caso, está convencido de que la situación que le toca presenciar ya la ha vivido. ¿Pero qué pasaría si estos extraños y espeluznantes sentimientos fuesen realmente señales de advertencia enviadas desde el pasado o pistas para un futuro aún por revelar? Esto último es lo que ocurre en la película de Jerry Bruckheimer y Tony Scott, protagonizada por Denzel Washington para Touchstone Pictures, y que lleva ese nombre inquietante.
Lo cierto es que anoche hubo decenas de señales que nos llevaban al pasado, con sus luces y sus sombras. Cierre de viernes, salida obligada hacia barrio Alberdi para ver fútbol. Como en las décadas pasadas, cuando la dirigencia Celeste entendió que era el mejor momento para que la gente vaya al estadio, y entonces se jugaba de local esa noche en el ascenso. Porque la televisión no tenía injerencia. Casi como ahora. Y cada vez que venía un equipo con historia en la B Metropolitana sabíamos lo que íbamos a sufrir. Tanto como esta vez, cuando Los Andes nos dio la verdadera bienvenida a la B Nacional. Como antes, las radios volvieron a ser las estrellas a la hora de informar, porque, de verdad, ¿cuánta gente cree usted que soporta mirar un partido por la computadora? Y hasta volvimos a ver a Nico Castro con la camiseta que mejor le sienta. Pero como en la película, hay por allí señales inquietantes. Y en lugar de ser Atlético un equipo que se vale de su estadio para ser dueño de la victoria, como ocurrió durante tanto tiempo, se mantiene esa maléfica tendencia que asegura que jugar de local es casi un certificado de derrota.
Los Andes es el Milrayitas desde que Eduardo Gallardón diseño su primer camiseta, al menos la que se mantendría en el tiempo. Más allá de sus tres pasos por Primera, el club de Lomas de Zamora posee estirpe de equipo metropolitano, ese que tiene como premisa correr, meter y manejar el partido, todo por sobre jugar, aunque no sea privativo. Y es lo que hizo el equipo de Sergio Rondina, aguantó el inicio de la Crema, se defendió con inteligencia, desarticuló cualquier intención de que haya fútbol virtuoso, consiguió un gol, en realidad fue un golazo, apenas pudo, y le puso candado al resultado.
Nunca pudo el conjunto de Bovaglio mostrar una cara agradable en la noche de viernes. Ni siquiera cuando fue dominante en el juego, porque a la hora de repasar situaciones de gol el vacío es desolador. Queda claro que la mayor preocupación que dejó la derrota no es la ausencia de puntos sumados, sino la deuda que se mantiene: hay que volver a ser fuertes de locales. Eso fue lo que certificó nuestro descenso en la muy buena campaña anterior, no ganar de locales los puntos que se debían ganar. Aún cierro los ojos y recuerdo el gol de Romat, ese barbudo de Huracán que nos empató en el último minuto. Maldito sea.
Me voy a caminar como cada vez que termina un partido que me llena de frustración. Es que me había ilusionado con lo visto en Jujuy. Pero ese fue un partido de Primera y este uno del ascenso, más allá de que pertenecen al mismo torneo. No sé. Así como el Atlético de la semana pasada me hizo recordar al de Trullet por lo pragmático y oportunista, este caminó por la vereda opuesta. Es que aquel brillante conjunto de don Carlos jugaba y ganaba de local con una fórmula sencilla como base de ataque. Larga salida del arquero, y alguien que la peina para el ingreso de un delantero. Nada de computadoras. Solo fútbol del ascenso.
La única que se me ocurre para dejar de patear cada cosa que encuentro para descargar la bronca, es que siempre es mejor perder al comienzo para entender que hay cosas que no están tan bien como pensábamos. Puede ser consuelo de tontos, pero sirve. Intento recordar si el comienzo de aquel conjunto tuvo tropiezos en el inicio, pero ya no hay déjà vu ni recuerdos. Y menos ganas de buscar las estadísticas. Menos mal que ya es sábado.

 

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