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Ídolo de selección: René Orlando Houseman

El crack y la sombra de la muerte

Malabarista de la pelota, artista de la gambeta, el Loco fue un delantero extraordinario que disputó dos mundiales y fue figura en el campeón de 1978. A los sesenta y cuatro años pelea contra un cáncer de lengua. Su vida pasa aquí vertiginosamente, desde su aparición en la villa hasta este presente cobijado por la sombra de su gloria.


yo opino
lunes, 30 de octubre del 2017 | 04:00Hs

"¿Quién fue el del gol?... ¿Quién hizo el gol?". La pregunta brincaba y rebotaba como pelota saltarina sobre las cabezas de los tabloneros que estaban festejando, en alegre aspamento, el gol prematuro de Huracán. "¿Quién hizo el gol?"... La pregunta iba y venía porque el pepino salió de una confusión de blusas blancas que cayeron envueltos entre el pasto y la tierrita. Y cuando el tipo salió del entrevero de los abrazos, quedó aclarado: "¡Fue el Loco! ¡Fue el Loco!". El Loco es el loquito Houseman, el pibe René de la villa. Cargaba Huracán, Miguelito hizo un centro rasante, y el muchachito villero, el más pintoresco y extravagante jugador argentino de esta hora, uno de los pocos de personalidad fuerte, uno de los pocos absolutamente auténticos que quedan y se destacan en ese cuadro general de un panorama gris formado por proletarios profesionales del pie-pelota, se tiró en "palomita" entre el lío de patunes y, de coco, puso el 1 a 0. El "Güeso" lo hizo de "palomita". Después, René Houseman clavó dos pepas más y fue siempre un espectáculo con esas gambetas cortitas y esa diablura grandota que el tablón festeja entre la admiración y la risa. Viéndolo tan güesito, tan alegremente despreocupado en el vestir, en el andar como escondiéndose, en el aguantar, todo eso hace que el "Güeso" sea siempre un villero. Fija que el padrecito Mugica, al que asesinó una mano maldita, maldito sea, lo estará mirando desde allá arriba y le dirá a San Pedro, el de las ganzúas, que según dicen es boquense: "Vea Don Pedrola, ese es de los míos, de los buenos, de las villas, de esas villas que son la protesta contra una sociedad manejada en el desorden, basada en la injusticia, donde a los pobres les hacen penales y el referí no los cobra...". Del libro "10.000 horas de fútbol" del maestro Diego Lucero.
Miércoles 19 de junio de 1974, primera ronda del Grupo 4 del Mundial de Alemania. Minuto 19 del encuentro entre Argentina e Italia. René Orlando Houseman define magistralmente de zurda tras el pase de Babington y derrota al gran Dino Zoff. Un rato más tarde, una desgracia de Roberto Perfumo iguala el partido que termina 1 a 1. Pero hay un hombre que se roba todos los titulares. El pequeño número 11 de nuestra selección, cabello negro apenas largo, medias bajas y botines a medio atar, encara a todo aquel que tenga una camiseta azul, y lo desborda a pura gambeta. Tanto que en el segundo tiempo dos defensores que le llevan treinta kilos, cuarenta centímetros y veinte años de escolarización, se chocan entre sí ante un nuevo amague del delantero que esta vez fue por derecha. La imagen es similar a la caída de Boateng ante Leonel Messi. Pero no tiene difusión.
Sonríe René Orlando Houseman cuando alguien le recuerda la jugada. El Hueso, para el mundo del fútbol. El Loco para quienes menosprecian a los genios surgidos en el mundo de los olvidos y las carencias. René nació en La Banda, Santiago del Estero, el 19 de Julio de 1953, pero de chico aterrizó en la Villa del Bajo Belgrano. Allí creció como pudo, con la pelota como arma de defensa. La pelota y la Villa, dos orgullos que no se resignan en su memoria: "Algunos creían que me ofendían gritándome villero. Nunca me importó.  Por eso siempre volvía allá. Cuando la levantaron me partieron el corazón", le dijo a la revista El Grafico.
De allí nació su afecto por Excursionistas. La paradoja del destino quiso que cuando se fue a probar lo rechazaran por "villero". Justamente. Entonces empezó en la sexta de Defensores de Belgrano, el rival encarnizado de Excursio. Y el ascenso fue vertiginoso. En 1971, antes de cumplir 18 años, ya estaba en Primera. Y en el 72 ganó el ascenso. Una noche del verano del 73, un Cesar Luis Menotti joven y entusiasmado, lanzó la proclama en el vestuario del viejo estadio San Martín de Mar del Plata, después de un partido colosal con el San Lorenzo local: "Ese flaquito desgarbado que ustedes vieron hoy, va a ser figura". Y no se equivocó. El 4 de marzo debutó en Primera jugando para aquel Huracán exquisito de Babington y Brindisi, y solo dos semanas más tarde integraría la Selección Nacional dirigida por Enrique Omar Sívori, en un empate 1 a 1 con Uruguay en la Copa Lipton.
El Mundial de Alemania 74 lo vio goleador y figura: "Aquel equipo tenía mejores individualidades que el del '78. Pero era Sportivo Yo. Cada uno jugaba para si mismo. Fue una lástima. Por eso nos comimos aquellos dos bailes increíbles contra Holanda. Uno en la gira previa (fue 4 a 1) y otro en la Copa (4 a 0). Parecía que estábamos a mil kilómetros de distancia. Pero después agarró Menotti, el máximo, y la historia cambió. El hacía jugar el fútbol que me gustaba a mi. El mismo de Huracán".
No tuvo una vida ejemplar, claro, de esas que se exhiben por disciplinadas, por respetuosas, por ordenadas. Ni fue un profesional modelo. Pero era un jugador extraordinario, un wing derecho típico, impredecible. Gambeta, amague y desborde. Centro sesgado o entrada en diagonal, a pura gambeta y freno para definir. "¿Sabés por qué no brillé en el Mundial del '78? Porque estaba muy entrenado, demasiado bien físicamente.
Es que lo mío siempre fue la improvisación y la gambeta tenía que hacerla siempre con el último esfuerzo para que saliera bien. En cambio, si tenía resto corría más y gambeteaba menos. Yo volaba pero la pelota me quemaba. Me salió mal justo en Argentina. Y ojo que igual jugué casi todos los partidos y la metí. Pero yo quería romperla".
La novela de ese equipo, cuando se preparaba para el 78, estuvo engarzada por los capítulos de Huracán. René se escapaba a la Villa y había que ir a buscarlo. El principal problema era que le gustaba demasiado el vino. Algo que el Hueso nunca negó. "Una vez me fui de la concentración porque era el primer cumpleaños de mi hijo Diego. De Santis era el dirigente que me iba a buscar siempre. Esa vez volví solo a las 11 de la mañana con una curda bárbara. A la tarde jugábamos contra River. Dormí una hora y me dí como diez duchas mientras no paraba de tomar café. Los dirigentes se pelearon porque no querían que jugara, pero José Vigo, que era el técnico me puso. Hice el gol y pedí el cambio. La fórmula era buena porque, cuando me marcaban de cerca, ponía en pedo a los rivales", recuerda con una sonrisa.
Dicen que su ídolo fue Ángel Clemente Rojas. Pero en realidad no tuvo modelos. Nadie le enseñó a jugar. "Te pueden ordenar o decirte por donde tenés que moverte. Pero el fútbol no se enseña. Es pura inspiración". En su carrera jugó 281 partidos y marcó 109 goles. Algunos lo ubican por sobre Oreste Omar Corbatta, otro genio impredecible. Otros, como Carlos Babington, lo ponen a la altura del mismísimo Pelé.
René, el Hueso, el genio de las medias bajas, ahora gambetea la adversidad. Sufre cáncer de lengua. El mundo del futbol, denostado justamente por su carencia de códigos, se conmovió y recuperó la dignidad. Y hasta la mismísima AFA se ha puesto a la cabeza para atender su tratamiento. El rival, el mismo que se llevó a sus padres, es el más difícil que le enfrento encarar. Pero con los genios nunca se sabe. Ojalá el Hueso haga magia una vez más, como tantas veces antes. Ojalá.

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