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Gonzalo Román Del Bono

El cumpleaños del 10

Fue un futbolista extraordinario y un goleador notable. Un distinto. Un talento que se extraña. En el día en que festeja sus 37 años, hacemos un repaso de su historia, con la convicción de que su fútbol merecía otra suerte.


yo opino
jueves, 08 de febrero del 2018 | 04:00Hs

Gonzalo siempre fue un distinto, uno de esos jugadores capaces de ganar un partido con solo una ráfaga de habilidad. Por momentos parecía tener la facilidad del amague neutro, ese que hacía que cuando el marcador sentía el alivio de la paz porque lo veía demasiado quieto, su talento aparentemente dormido se encendía de golpe. Pero también disponía de un cuerpo con movimientos extraños que permanentemente entregaba pistas equivocadas a los rivales. Es cierto que se fastidiaba con demasiada facilidad, que solía desaparecer de los partidos y hasta mostraba actitudes que caían antipáticas para ambos tipos de espectadores. Pero esa falta de renunciamiento a la gambeta, aún ante los insultos de los que exigen en otros lo que no están preparados para dar en su propia existencia, lo convirtió en un futbolista con valor. Y esos dos condicionamientos suelen ser determinantes: talento y valentía.
“Mi forma de jugar y ver el fútbol se que a mucha gente no le gusta. El hecho de hacer alguna pausa, parar la pelota en medio de tanto vértigo, es inaceptable para algunos. Mi carrera estuvo signada por los extremos con gente que me bancaba a muerte y otra que no le gustaba para nada como jugaba. Igualmente, esa manera de entender el fútbol no la voy a cambiar jamás”, dijo hace tiempo el hombre que mantiene la cara de pibe, en el día en que festeja sus treinta y siete años.
Historia rara la de Gonzalo en el comienzo, porque eran otros los tiempos, otra la rivalidad entre el 9 y Atlético, cuando dejó al primero para pasar al segundo. “Siempre le voy a agradecer a Hugo Schiavi, que hizo todo lo necesario para que se haga esa transferencia que no fue sencilla. Cambiar de un día para el otro parecía complicado pero, por suerte, la gente, los compañeros y los técnicos hicieron que todo sea más fácil de lo esperado. Los pibes de la 81-82 eran excelentes, tuve la suerte de jugar rápidamente en Liga y con solo diecisiete años Jorge Ghiso me dio la chance de debutar en el Nacional B. Creo que en esos dos años aproveché la oportunidad. Y también fue bueno para el 9, porque obtuvieron un buen rédito económico. Además, siempre tuvieron muy claro como se dio todo y las cosas que sentía yo”, recordaba a mediados de 2.014, justo cuando le decía adiós al fútbol como profesional.
El crecimiento del pibe que deslumbraba con su gambeta inestable y sus goles llamó la atención de Gustavo Mascardi, el empresario futbolístico más fuerte y mediático de ese momento. Lo vio y lo sumó a sus filas llevándolo a River. Un salto demasiado pronunciado para un joven que necesitaba contención y motivación. No jugar le quitó ritmo futbolístico, interrumpió su crecimiento y hasta le quitó estabilidad emocional. “Si analizo ese paso hoy, creo que fue un error, porque las chances de jugar eran remotas. River no era lo que es ahora porque había muchos jugadores de gran nivel no solo en Primera. No me sirvió en lo deportivo porque era muy joven y necesitaba jugar para seguir creciendo. Lo que más me reprocho es haber bajado los brazos estando ahí adentro. Tendría que haber dado más de mí. Pero era muy chico y en ese momento lo sentí así. La relación con Mascardi se rompió cuando decidí volver, porque él quería que me quede en Buenos Aires en un club de primera”
Lo real es que en ese tiempo, ni Gonzalo ni los que incidían en su carrera se ocuparon de mejorar sus problemas motrices. Y es que si bien esa forma de correr y moverse, tan particular, le entregaban a su juego un condimento distintivo y emocional, también eran destructores para sus músculos y articulaciones. Y el tiempo se encargó de pasarle facturas que, junto con su forma de manejarse, constituyeron un peso demasiado importante de sobrellevar. Sin embargo, en el regreso se iba a encontrar con un premio que dejaba en segundo plano la frustración de River “Es casi inexplicable lo que pasó. Atlético no estaba bien, si hasta se dudó de hacer fútbol profesional. Pero nosotros le metimos mucho esfuerzo y logramos algo histórico. Se formó un gran equipo, con hambre de gloria, humilde y sin grandes aspiraciones salvo las deportivas. Soñábamos con representar a Rafaela en Primera. Y lo conseguimos” repasó tras el ascenso. Entonces encontró el lugar ideal para jugar, contenido y admirado en un club que ya sentía suyo, y en Primera división, donde los espacios eran mayores y el podía disfrutar, y hacer disfrutar, de su juego. Tanto que rápidamente le llegó la oportunidad de jugar en Europa. Casi un calco de su paso a River, en lo sorprendente y motivante. Y también en lo frustrante. “Arranqué muy bien, pero la lesión de rodilla que se produjo meses antes de viajar me jugó en contra y ahí empezaron todos mis males.  Estuve cuatro meses acá recuperándome y además hice una pretemporada bárbara antes de viajar. Pero al tercer día que estaba en España nos pusieron a hacer fútbol y un compañero me entró fuerte, se me dobló la rodilla y se me produjo otra distensión con desplazamiento de rótula que generó una osteocondritis. Para colmo me trataron de ligamentos internos y yo tenía mal la rótula. Esto hizo que de la lesión no evolucionara nunca. Dos veces la rodilla me traicionó, luego me desgarré el cuádriceps y también el gemelo. En definitiva, estuve un año sin el tratamiento indicado. Cuando volví, intenté jugar tres meses así pero no se podía. Ahí decidí operarme”, contaba en su tiempo de recuperación.
Pero ya nada sería igual. Es como si el tren de las grandes oportunidades, que tuvo y no pudo o no supo aprovechar, ya nunca tuviera a su nombre como estación. Jugó otro tiempo en Atlético hasta que forzó una salida traumática que hizo hilachas su relación con el hincha y hasta pareció mellar su mentalidad. “Puede ser que mi carácter me haya jugado en contra,  pero es difícil sobrellevar los momentos duros como los que pasé yo. Tener lesiones permanentes te genera una impotencia terrible porque vos te sentís con la capacidad como para jugar en el mejor nivel pero el físico no te responde. Además, reconozco que soy tímido y muy poco demostrativo con la gente que no me cae bien. En el ambiente del fútbol a veces es mejor ser un poco falso y a mí, la verdad, que no me sale serlo. Nunca me adapté ni me voy a adaptar a este ambiente”, se confesaba.
Hay recuerdos sueltos que aparecen en la memoria colectiva. Gonzalo con la camiseta de la Crema en aquella goleada histórica a Gimnasia en el Monumental, deslumbrando con un juego sensacional, o aquella vez ante Arsenal, también en Primera, en la cancha de Unión, en un día inolvidable para los hinchas del fútbol nuestro, porque se trató del primer partido de un equipo rafaelino en la elite. O el gol que le hizo a El Porvenir en Gerli, pasando rivales desde la mitad de la cancha y definiendo contra un palo. Siempre deseo que aquellos que han dado felicidad también puedan serlo. Y Gonzalo ha regalado momentos de fútbol que desbordaban el alma.
Hoy Gonzalo cumple años trabajando en las divisiones inferiores del club que termino adoptándolo hasta sentirlo suyo más allá de los vaivenes de unos y otros. Con los chicos de la Crema busca encontrar su esencia. Y, de ser posible, descubrir a alguien como él, alguien que defienda la gambeta. El fútbol se lo agradecerá. Feliz cumpleaños.

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