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La otra mirada: Recuerdos de fútbol

"El demonio que nos llevó al Paraíso"

Hace treinta años, el Nápoli ganó su primer Scudetto bajo el liderazgo de un Maradona excepcional. Por estos días se estrenó en Italia un documental que intenta mostrar la construcción social y cultural que han hecho los napolitanos sobre la figura de Diego. Allí, tres generaciones de hinchas intentan explicar que D10S es humano. Y napolitano.


yo opino
lunes, 15 de mayo del 2017 | 04:00Hs

"Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esa regla. Culta o inculta, rica o pobre, capitalista o socialista, toda sociedad siente esa urgencia irracional de encontrar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso. Políticos, militares, estrellas de cine, deportistas, cocineros, "play-boys", grandes santos o feroces bandidos, han sido elevados a los altares de la popularidad y convertidos por el culto colectivo en eso que los franceses llaman, con buena imagen, los monstruos sagrados. Pues bien, los futbolistas son las personas más inofensivas a quienes se puede conferir esta función idolátrica. Ellos son, claro está, infinitamente más inocuos que los políticos o los guerreros, en cuyas manos la idolatría de las masas se puede convertir en un instrumento temible, y el culto del futbolista no tiene las mismas frívolas que enrarecen siempre la deificación del artista de cine o de la musaraña de sociedad.  El culto al as del balompié dura lo que su talento futbolístico, y se desvanece con éste. Es efímero, pues las estrellas del fútbol se queman pronto en el fuego verde de los estadios y los cultores de esta religión son implacables: en las tribunas nada está más cerca de la ovación que los silbidos. Es también el menos enajenante de los cultos, porque admirar a un futbolista es admirar algo muy parecido a la poesía pura o a una pintura abstracta. Es admirar la forma por la forma, sin ningún contenido racionalmente identificable. Las virtudes futbolísticas -la destreza, la agilidad, la velocidad, el talento, la potencia- difícilmente puedan ser asociadas a posturas socialmente perniciosas, a conductas inhumanas. Por eso, si tiene que haber héroes, ¡que viva Maradona!”, escribió Mario Vargas Llosa el 21 de junio de 1982 y bajo el título "Maradona asombra al mundo", en el diario La Vanguardia, de España.
Sin embargo, ese Mundial en donde lo descubrió el peruano, sería un fracaso para el seleccionado de César Luis Menotti, que defendía el título logrado en nuestro país en 1978. Además de una enorme decepción para Maradona, que cerraría su opaca participación con una expulsión ante Brasil en el partido de segunda ronda que significó nuestro adiós prematuro. De todas maneras, Vargas Llosa se adelantaba al tiempo presagiando lo que luego sería Diego para el mundo del fútbol, fundamentalmente el argentino. Claro que era imposible imaginar que el lugar donde el genio de la pelota se convertiría en mito estaba en el sur pobre de Italia.
Maradona ya había deslumbrado en Argentinos Juniors, y luego en Boca, con quien fue campeón en 1981. Apenas 17 días antes de la nota de Vargas Llosa, acordaba su llegada al Barcelona. Pero su estada en la Ciudad Condal no fue todo lo exitosa que se presagiaba, más allá de los tres títulos que consiguieron juntos. Una hepatitis, primero, y la seria lesión provocada por Andoni Goikoetxea lo condicionaron. El central del Athletic de Bilbao lo rompió en un partido disputado el día de la Mercè, patrona de Barcelona, en el Camp Nou. "Fractura del maleolo peroneal del tobillo izquierdo con desviación y arrancamiento del ligamento lateral interno con desgarro", dijo el médico. Demasiadas malas noticias para un joven de 23 años dueño de un temperamento tan grande como su talento. Entonces forzó su salida hacia un lugar por demás alejado de los poderosos del fútbol. Eligió Nápoles. 
Eduardo Galeano lo supo definir a la perfección. Para él "Maradona era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses" y así lo reivindican los napolitanos: "Para nosotros, él ha sido único, un demonio que nos llevó al Paraíso", afirmó un nostálgico hincha en una de las muchas entrevistas que reúne Maradonápolis, el film que se estrenó el 1 de mayo en Italia. El documental, dirigido por Alessio María Federici, busca mostrar en qué se ha convertido Diego desde el relato colectivo. Ancianos, adultos y niños cuentan qué es Maradona para la identidad napolitana. Se puede observar el impacto de su figura más allá de lo deportivo. Es un acercamiento a lo que es social y culturalmente. Es un lente para entender cómo este demonio le robó el nombre al santo patrono. Porque desde hace 30 años existe en aquella tierra del sur italiano San Genarmando.
Diego disputó 259 partidos y marcó 115 goles en el Nápoli, que mantiene retirado el dorsal 10 en su honor y que, obviamente, le sigue considerando su mayor divinidad. Con Ciro Ferrara, Salvatore Bagni, Fernando de Napoli, Andrea Carnevale, Bruno Giordano o Claudio Garella, en aquella temporada 1986-87 consiguió dar el golpe frente a una Juventus mucho más poderosa, con Platini al mando y Scirea, Laurup, Cabrini, Taconi o Serena. Fue también el primer título de Maradona con la camiseta celeste, al que siguió el de Copa, un mes después frente al Atalanta para conseguir el primero y hasta hoy único doblete del club. Luego ganarían otro Scudetto en 1990, una Copa de la UEFA en 1989 y la Supercopa de Italia en 1990 como último trofeo, meses antes de dar positivo por cocaína tras un partido contra el Bari, que acabó abruptamente con la carrera del Diez en el club.
La presentación en Italia fue el 5 de julio de 1984, en un estadio San Paolo repleto. Nápoli venía de salvarse del descenso en la temporada anterior por un punto, por lo que los aficionados mostraron su euforia por la llegada de Diego. Su debut en la Serie A fue el 16 de setiembre de ese año contra Verona, en una derrota por 3-1. Pero tras esa primera temporada, los directivos entendieron que con Diego como bandera, si armaban un buen plantel estaban en condiciones de ser protagonistas. Y lo hicieron.
Aquel campeonato Nápoli lo dominó desde el principio, y llegó a la penúltima fecha necesitado de un buen resultado para convertirse inalcanzable para Milan y Juventus. Y así fue. El estadio de San Paolo, enclavado en el barrio de Fuorigrotta, se preparó para una fiesta sin precedentes que una de las pancartas de la Curva B dio por descontada desde muy temprano: "La storia ha voluto una data, 10 maggio 1987" ("La historia ha querido una fecha, 10 de mayo de 1987"). La campaña constó de 30 partidos, de los cuales ganó 15, empató 12 y perdió 3, con 41 goles a favor y 21 en contra (solamente fue vencido por Fiorentina, Inter y Verona).
"Es la victoria del sur pobre sobre el norte rico y por eso me da aún más alegría y emoción" proclamó Diego en medio de los festejos, intuyendo que la ciudad ya era un festival y que su figura definitivamente tomaba el lugar de mito. En las calles el nuevo himno a San Genarmando sonaba una y otra vez.
"O mamma mamma mamma, o mamma mamma mamma, ¿sai perche' mi batte il cuore? Ho visto Maradona, Ho visto Maradona, ¡eh, mamma!', innamorato son".

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