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La otra mirada: David Foster Wallace

El escritor ausente. El genio presente

En "El tenis como experiencia religiosa", el desaparecido escritor estadounidense da cuenta de su pasión por el deporte que supo practicar en su juventud. Y fundamentalmente, de su admiración por Roger Federer, que lo llevó a escribir el mejor ensayo jamás publicado sobre el tenista suizo.


yo opino
lunes, 21 de agosto del 2017 | 04:00Hs

En la tarde del 12 de setiembre de 2008, David Foster Wallace le sugirió a su esposa, Karen Green, que fuera al centro de Claremont, California, donde vivían, a preparar una futura exposición. Pese a que Wallace estaba depresivo, su mujer se marchó tranquila, ya que el escritor había ido al quiropráctico el lunes de esa semana. "Uno no va al quiropráctico si está pensando en suicidarse", le confiesa Green a D. T. Max en "Todas las historias de amor son historias de fantasmas", la biografía del escritor. Pero cuando quedó solo, escribió una carta, cruzó la casa hasta el patio trasero, se subió a una silla y se ahorcó.
Wallace fue campeón regional de tenis en su juventud y escribió, entre sus numerosos textos, uno de los artículos más bellos que puedan leerse sobre este deporte. Su recuerdo sirve, por un lado, de homenaje póstumo a su autor y, por el otro, para revalorizar al otrora deporte blanco, ahora que estamos a las puertas del último gran slam del año y la puja por el número uno entre los varones es nada menos que Federer versus Nadal. "Por razones que no se comprenden muy bien, los códigos de la guerra son más seguros para la mayoría de nosotros que los del amor", escribió. "La belleza no es el objetivo de los deportes competitivos, pero la alta competencia es un escenario central de la belleza humana" Wallace aclara que se refiere a un "particular tipo de belleza que podría ser llamada belleza kinestésica.
Que es la reconciliación del ser humano con el hecho de tener un cuerpo". Esa kinestesia, asegura, alcanza su máxima expresión en el gran Roger Federer. No por nada el artículo, publicado en 2006 en The New York Times Magazine, lleva por título "Federer como experiencia religiosa".
Tras la aparición del libro "La broma infinita" (1996), Foster Wallace fue reconocido como el mejor escritor de su generación y como el "heredero forzoso de Thomas Pynchon", según el crítico Douglas Kennedy del diario inglés The Times. Su suicidio no solo nos privó de más escritos suyos sino que trajo a la postre, por una cuestión contemporánea, la obligada comparación con Kurt Cobain y el mote de escritor grunge, clasificación que lo subestima más de lo que lo ensalza.
"El tenis como experiencia religiosa" es un librito chiquito que apenas supera las cien páginas  y compila dos notas de Wallace. En la primera, Democracia y comercio en el Open de los Estados Unidos, publicada en la revista Tennis en 1996, el escritor empieza a dar cuenta de un partido de tercera ronda entre Pete Sampras y Mark Philippoussis para seguir y terminar en un análisis sobre todo lo que rodea al último Grand Slam del año.
Wallace hizo uso y abuso de su credencial de prensa para presenciar partidos tanto del turno tarde como del turno noche del torneo (entradas que se abonan por separado), describe a los vendedores de panchos, a de aquellos que salen a fumar en las inmediaciones del Centro Nacional de Tenis y sigue con el sudor de los pantaloncitos de Sampras y con todo aquello que le merezca una reflexión en una enumeración tan incompleta como arbitraria. Leerlo es sumergirse por el tiempo que dure la experiencia en ese fin de semana largo en la Nueva York de hace veinte años atrás, con "mil quinientos ciudadanos del municipio de Queens" trabajando para el torneo.
La segunda nota apareció en el New York Times en 2006, y es el mejor ensayo jamás publicado sobre Roger Federer. Su título original fue "Federer como una experiencia religiosa", pero al ser adaptado para nombrar al libro aparece como "Federer, en cuerpo y en lo otro". "Casi todo el mundo que ama el tenis y sigue el circuito masculino por televisión, ha vivido durante los últimos años eso que se puede denominar Momentos Federer. Se trata de una serie de ocasiones en las que estás viendo jugar al joven suizo y se te queda la boca abierta y se te abren los ojos como platos y empiezas a hacer ruidos que provocan que venga corriendo tu cónyuge de la otra habitación para ser si estás bien. Los Momentos Federer resultan más intensos si has jugado lo bastante al tenis cómo para entender la imposibilidad de lo que acabas verle hacer". Así comienza este artículo.
La TV repite jugadas en cámara lenta, brinda primeros planos y ofrece otras ventajas. Pero es "una ilusión de intimidad". No nos da la mínima idea de la velocidad y la fuerza con que se ejecutan golpes tan precisos. Y, menos aún, sobre la inteligencia de Federer para crear ángulos. "La verdad es que el tenis por TV -dice Wallace- es al tenis real como lo es una película porno a sentir realmente el amor humano".
El artículo sobre Roger habla de tenis. Es un tratado sobre tops pin, una comparación entre las viejas raquetas de madera y las nuevas de alta tecnología, y analiza la evolución del juego. Además destaca que no basta con decir que Federer es un jugador de "primera clase". Sino que gana ante todo por "su inteligencia, su poder de anticipación, su sentido de la cancha, su habilidad para interpretar y manipular a sus rivales, para mezclar spins y velocidades, para desorientar y disfrazar, para usar previsión táctica y visión periférica y amplitud kinestésica en lugar de limitarse a un ritmo de rutina" y, finalmente, por "revelar los límites y las posibilidades del tenis masculino tal como se juega hoy día". No es que Federer deseche el trabajo físico. Hace pesas. Y una vez dijo que "entre el talento y trabajar duro eligió trabajar duro", confiesa Wallace.
Aun así, asegura el escritor, Federer demuestra que la velocidad y la potencia son apenas el "esqueleto" del tenis actual, no la carne. Y que sigue "silbando a Mozart en pleno concierto de Metallica".
A Foster Wallace solo parecía hacerlo feliz el tenis. Le importaba Roger, que veía como Apolo, mientras que Nadal era Dioniso. Le importaba la naturalidad con la que devuelve golpes imposibles, la paciencia con la que gana los puntos, la precisión con la que coloca sus restos... También hay un relato histórico, donde explica que, a partir de la aparición de las raquetas de grafito, el tenis se convirtió en un deporte de forzudos sacadores en el que los jugadores técnicos e ingeniosos no tenían nada que hacer... "¡Otro saque directo de Goran Ivanisevic!". Federer rompió esa tendencia hacia el aburrimiento y la autodestrucción. Por lo menos en cuanto al tenis, Foster Wallace se pudo morir en paz.

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