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Copa Davis: Argentina campeón

El mensaje de un equipo

Después de tantos años de esperar por este festejo, después de cuatro finales perdidas, después de una interminable seguidilla de peleas internas y externas que nos mostraban desunidos y nos quitaban las chances de lograrlo, finalmente se consiguió cambiar la historia dejando un mensaje claro: si estamos juntos y priorizamos el talento y el equipo por sobre los egoísmos personales, entonces todo es posible.


yo opino
lunes, 28 de noviembre del 2016 | 04:00Hs

Foto: Clarin
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Hay decenas de imágenes, infinidad de momentos, cientos de detalles, miles de gritos. Pero hay una frase que elijo para significar porque por fin pudimos romper el maleficio de la ensaladera esquiva. El capitán Daniel Orsanic tomó el micrófono en la ceremonia de premiación y cumplió con la obligación de protocolo. Primero reconoció la grandeza del equipo croata y agradeció al público por su respeto, todo en inglés. Y luego simplemente dijo "Estamos muy contentos. Este grupo representa a todo el tenis argentino. La ganó el tenis, el deporte argentino y estamos orgullosos". No hubo llantos histéricos ni grandes ademanes ni mucho menos revanchismos. Como ocurrió desde su asunción en 2015, cuando comenzó a forjar un proceso inédito en el tenis argentino. Apostó a formar un equipo y lo consiguió.
También en el recuerdo a los tenistas que quedaron fuera de la convocatoria quedó claro el mensaje. Y en la seriedad en que él mismo se manejó en el banco, en la convicción, mesura y grado de concentración que mostraron los jugadores. Dicen quienes están dentro del grupo en Zagreb que solo una determinación suya tuvo el formato de una orden. Nadie debía mirar la ensaladera, nadie debía acercarse a ella y menos aún sacarse una foto con el enorme y hermoso trofeo, eso que cada uno de los que alguna vez la tuvimos cerca hicimos rápidamente. "La copa está ahí, pero no es nuestra. Cuando la obtengamos, entonces hacemos lo que queramos. Pero mientras tanto tenemos que concentrarnos en ganarla. Ese es el objetivo y nada nos tiene que quitar de esa senda".
Salta Diego en su sillón azul y bajo su influjo salta el resto, mientras una coqueta señora rubia, vestida con los colores de Croacia, maldice a quien le dio ese sitio tan cercano al hombre que todos parecen querer tocar. Atenaza la raqueta de Del Potro y la remera de Cilic, pero no deja de cantar. Y las cámaras se van con él en cada pausa de los partidos. De todos los partidos, porque más allá de las contradicciones que el crack genera en nosotros, su pasión por la celeste y blanca es indisimulable y se muestra en cada actitud, del primero al último punto y desde viernes hasta ser el último en retirarse del estadio.
Abajo saltan, se abrazan y cantan los integrantes de este equipo que hace una alquimia con la gente que por fin puede festejar un triunfo en la final. Todos ellos fueron un grupo, era difícil imaginar tan lejos de casa y en un destino no convencional a una hinchada de esta magnitud. Fueron tres mil o cuatro mil según quién los contara. Lo que es seguro es que fueron locales todo el fin de semana. Cantaron como nos ha acostumbrado a hacerlo cada público argentino que respalda a un deportista nacional en el deporte y en el lugar que sea. Y lo hizo con enorme respeto por las normas de un deporte que cambia su piel en esta particular competencia para parecerse más al fútbol, pero mantiene reglas de formación. Entre todos lograron el objetivo y dejaron un mensaje de unidad.
Hasta este domingo de noviembre, Argentina era el país que más veces había logrado llegar a la final de la Copa Davis sin ganarla. Lo que más allá de la lectura positiva de que somos protagonistas permanentes, debe estar la autocrítica de que no lo podíamos hacer por nuestras propias miserias. Hacer ahora una lista de los errores que cometimos desde que Guillermo Vilas nos puso en el escalón de los grandes sería ir justamente en contra del mensaje de Orsanic. Es hora de dejar de lado aquellas actitudes por parte de todos, jugadores, entrenadores, dirigentes y periodistas. Es que también nosotros somos responsables por aquello de dejar de priorizar la crítica que obligue a discutir para crecer, para dedicarnos a potenciar situaciones y mezquindades que valen un punto de rating o una mayor venta de ejemplares. Este es el triunfo de un tenis argentino, en palabra del capitán, que deberá ahora basarse en estos cimientos para construir un futuro mejor. Porque siempre los triunfos profesionales arrastran hacia arriba a las bases.
Estos momentos sanan también heridas personales como las de Juan Martín Del Potro, que vivió una eterna historia de amor-odio con la gente, hasta que al borde del retiro forzado por sus lesiones recibió el apoyo incondicional de todos, potenciando el resurgimiento de su enorme capacidad tenística. 
Apenas si se acordó de su muñeca y en ningún caso hizo alusión a viejas peleas. Por sus triunfos, todos ellos como los de este domingo, definitivamente épicos y determinantes, se ha metido en la galería de los indiscutibles ídolos populares. Haber sido el emblema del equipo que ganó una competencia tan esquiva como deseada lo pone en ese sitial.
El equipo fue absolutamente sólido siempre. Sobremanera cuando les cayeron las críticas que pudieron generar dudas. Como las que aparecieron tras la derrota del dobles, cuando se cuestionaba la presencia de Del Potro. O tras la determinación conjunta de Orsanic con el mismo gigante de Tandil, cuando se decidió que fuera Leo Mayer el que defina la semifinal ante Gran Bretaña. Nunca se escuchó desde adentro una queja o una crítica solapada al capitán. El resultado lo pone a Orsanic también en un sitio de gloria por sus logros. Pero fundamentalmente por el mensaje que logró dejar.
La historia de esta consagración empieza en Gdansk, Polonia y sin Juan Martín del Potro. La serie arrancó con una victoria de Guido Pella sobre Michael Przysiezny por 6-1, 6-4 y 7-6. Luego, Leo Mayer superó a Hubert Hurkacz por 6-2, 7-6 y 6-2. Pero el doble fue para Lukasz Kubot y Marcin Matkowski ante Carlos Berlocq y Renzo Olivo. El domingo, Mayer nos puso en cuartos tras ganarle a Przysiezny.
La buena noticia en Pesaro, donde jugamos ante Italia, fue la reaparición de Del Potro, pero el héroe fue Federico Delbonis, que arrancó con una victoria sobre Andreas Seppi. Luego, Fabio Fognini le ganó con facilidad a Mónaco y en el doble, Del Potro y Pella consiguieron un esforzado triunfo ante Fognini-Lorenzo. El boleto a la semi lo consiguió Delbonis con su victoria contra Fognini en un partido dramático. En un clima difícil y con un público que convirtió por momentos el estadio en una caldera, el azuleño se llevó el partido por 6-4, 7-5, 3-6 y 7-5.
En Glasgow, y ante Gran Bretaña, el favoritismo estaba de la mano de Andy Murray. El primer punto de la serie fue una batalla inolvidable en la que Del Potro derrotó al entonces dos del mundo por 6-4, 5-7, 6-7, 6-3 y 6-4. Ese viernes 16 de setiembre, Guido Pella aportó una victoria notable. Le ganó a Kyle Edmund y puso la final al alcance de la mano. Faltaba apenas un punto. Orsanic apostó a Del Potro para el dobles, en una polémica decisión. El tandilense jugó con Mayer y fue caída ante los hermanos Murray. Delpo había llegado apenas con las energías para jugar en pareja, un tipo de partido que exige menos físicamente que el single. Pero igualmente su ausencia el domingo dejaba un vacío muy grande. Murray se sacó de encima a Pella para igualar la serie. La responsabilidad recayó en Mayer, que derrotó a Evans con tenis y coraje para ofrecernos la quinta chance histórica de ganar la Davis. 
Ese camino, todo cuesta arriba por la ausencia de localía, seguramente unió más al grupo. El resto de la historia la vivimos todos a pura emoción. Desde que el pibe Sven Pocrnic, un croata de apenas 16 años, cantó como nadie nuestro himno en la ceremonia de inauguración. Hasta ese final en donde el techo del maravilloso Arena Zagreb se conmueve con el "Argentina, Argentina" mientras el equipo levanta la copa centenaria, esquiva y fantástica. Todo ese recorrido lo hicimos junto a los hinchas de allá y a los integrantes del equipo nacional. Todos juntos. Un hecho tan inédito para nuestro tenis como ganar la Davis. Se ganó desde ese mensaje. Ahora el desafío es revalorizarlo.

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