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Columna de opinión

El mitológico cazador de mariposas


yo opino
lunes, 17 de julio del 2017 | 04:00Hs

Una vez, en los años setenta, cuando Guillermo Vilas transformaba en expertos de tenis a millones de argentinos, le preguntaron a Villita qué tipo de deportista era en realidad un tenista. Estanislao Villanueva, periodista especializado en deportes, trabajador de muchos medios, alguien encantado por la riqueza de las palabras, no se había vuelto un entendido en el tema. Pero, puesto ante el desafío, Villita vaciló al principio, prolongó un silencio y finalmente soltó su respuesta. "Mire, amigo, un tenista es un mitológico cazador de mariposas".
Periodísticamente hablando, no hay nada nuevo que ofrecer sobre Roger Federer. Él es, a sus 35 años, el mejor jugador de tenis en actividad más allá de lo que diga el ranking. Y muy probablemente, el mejor de todos los tiempos. Biografías y perfiles abundan. Basilea, Suiza, su lugar de nacimiento el 8 de agosto de 1981. El sano y no abusivo apoyo de sus padres a su talento. Su relación con Mirka Vavrinec, su novia y compañera desde el 2000, su esposa desde 2009 y madre de sus cuatro hijos. Su particular manera de manejar sus asuntos (lo cual nunca se ha visto en los tours masculinos), su estoicismo de la vieja escuela y su fortaleza mental; su ética deportiva y decencia fuera de serie, su consideración y caritativa generosidad. Todo eso está a la distancia de una búsqueda en google. Disfrútenlo. 
Tampoco tiene sentido hacer referencia a sus logros después de otra final de Wimbledon. Es que ha ganado tanto que cansa hablar de sus éxitos, de los conseguidos en una cancha de tenis como de los logrados fuera de ella, Tal vez todas sus victorias se resuman en una, hace unos años fue elegido como el segundo ser humano más confiable, solo detrás de Nelson Mandela.    
David Foster Wallace es un novelista estadounidense que se presentaba a sí mismo como "el escritor que en otra vida, estuvo a punto de dedicarse a dar raquetazos". Su primera obra sobre tenis es "La broma infinita". Allí, el protagonista entraba en una academia de tenis para promesas, pero en seguida se angustiaba con la presión competitiva. Más de treinta años más tarde publicó "El tenis como experiencia religiosa" (Penguin Random House). En sus 111 páginas caben los dos textos clásicos de Foster Walllace sobre su deporte: Democracia y comercio en el Open de Estados Unidos y Federer, en cuerpo y en lo otro (publicado por The New York Times en 2006). El texto sobre Roger es una pequeña leyenda entre los admiradores del jugador suizo. Búsquelo en su computadora, el relato es largo pero vale la pena. Foster Wallace afirma que ver a Federer en una cancha es simplemente una experiencia casi religiosa.
Hay tres explicaciones válidas para definir el poder de Federer. Una, sería misteriosa y metafísica y creo que es la que más se acerca a la verdad. Las otras son más técnicas. La explicación metafísica es que Roger es uno de esos raros casos de atletas, extraordinarios, que está exento, por lo menos en parte, de ciertas leyes físicas. Una buena analogía aquí sería Michael Jordan, quien no solo podía saltar inhumanamente alto sino que se sostenía allí arriba un momento más de lo que la gravedad permite. O Muhammad Alí, quien de verdad podía flotar sobre la lona y lanzar dos o tres golpes en el tiempo requerido para uno. Probablemente hay media docena de ejemplo desde los sesentas. Y Federer pertenece a ese grupo, ese tipo de atletas que uno podría llamar genio. O extraterrestre. Él nunca está apurado o fuera de balance. La llegada de la pelota se detiene, para él, una fracción de segundo más de lo que debería. Sus movimientos son más livianos que atléticos. Particularmente, en el blanco de Wimbledon que tanto exige, él parece lo que, tal vez, sea una criatura cuyo cuerpo es carne, y de alguna manera, también luz, como asegura Foster Wallace.
A mí, particularmente, ya no me importa tanto que Roger gane o no. Me cuesta imaginar que aparezca alguien que pueda superarlo como el mejor de la historia. Supera a la gran mayoría en estadísticas, aunque esto siempre puede discutirse por las diferencias entre épocas. Pero algo es indiscutible, nadie jugó nunca mejor que él. Ya ni siquiera me importa seguir el rumbo del partido, simplemente me enfoco en disfrutar de cada uno de sus golpes. El hace posible que el poder y la potencia sean vulnerables, al menos en una cancha de tenis, a la belleza. Qué maravilla.

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