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En el aula y en la vida

Mirta Villanis se desempeñó durante 40 años en la docencia y sigue participando en las cuestiones sociales de nuestra ciudad. Su experiencia en la ruralidad, la función pública y las bondades de una Rafaela que le "sigue gustando".


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lunes, 19 de febrero del 2018 | 04:00Hs

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Mirta Villanis se desempeñó en la docencia durante más de 40 años.

Por Gonzalo Rodríguez

 

Mirta Villanis es docente por aptitud, por pasión y por compromiso. Formada en un tiempo donde no había estudios terciarios a la mano, apenas algunas herramientas disponibles en una breve orientación secundaria. El resto era fuego sagrado, vocación de servicio y la aventura de emprender todos los días, estudiar eternamente y constancia.
Con apenas 18 años comenzó a prodigarse por la educación de niños de toda la región. Hizo un recorrido rural que hoy parece una fantasía. "Mi resolución de jubilación dice 40 años, 6 meses y 1 día en la docencia. Muchos años, yo me pongo a pensar y me parece mentira, pero fueron. A mí me gustó muchísimo lo que hice, mucho. Sí los últimos dos años, durante el período de supervisión, estaba muy cansada. Tenía ganas de dejar de trabajar, pero no de la docencia. Me jubilé y nunca más hice nada escolar", empieza a contarnos Mirta, en la comodidad de su coqueto y pintoresco hogar.
La ruta de viaje dice que estuvo 9 años en Arrufó, unos meses en Angélica, fue directora en La Fronterita 1 año y medio, todo en escuelas rurales. Después en "su" escuela Rivadavia 3 años como maestra de grado, luego vicedirectora en Vila, otros 2 años, la dirección en San Antonio 5 años. Volvió a Rafaela para hacerse cargo de la dirección, desde su rol de Vicedirectora, de la Escuela "Bdier. Gral. Estanislao López", para pasar a ser 3 años y medio directora de la Escuela "Rivadavia". El período final de carrera estuvo en la supervisión, por una década.

 

-¿Cuándo supiste que ibas a ser docente?
-En realidad lo decidió mi mamá, con mi maestra. Hice mi escuela primaria en la Rivadavia, es la escuela de la familia. Mi mamá tenía la planilla de inscripción para la escuela de comercio, en ese momento era la Normal o el Comercio. Se ve que hablaba bastante con mi maestra y la maestra le dijo que me veía condiciones para que sea docente. Ahí lo charlamos y me inscribió en la escuela Normal, en esa época después me había preparado en forma particular porque se rendían ya exámenes en esa época, ahora "ruñan" porque tienen que sortear a los chicos. Después me salvé, pero mientras tanto fui 3 meses a prepararme por si tenía que rendir para entrar. Ahora todos nos quejamos. Entré a la escuela Normal y siempre me gustó. Aunque no parezca yo era muy tímida y lo soy todavía para unas cuantas cosas. Me costó desarrollar algunas clases delante de algunas maestras de esas que eran grandes señoras. Una vez tenía que dar el retrato de Rivadavia y me descompuse… Después gracias a Dios elegíamos escuela para las prácticas, poníamos 2 o 3 y me tocaron en la escuela Rivadavia, que era mi casa, las maestras me conocían. Me fue bien. Después la decisión de irme al campo fue a raíz de que me inscribí en las escuelas de Rafaela, se sorteaba para ingresar a reemplazar y en todas salía en la cola. Entonces empezamos a buscar en otros lados.

 

-Por ejemplo en la zona...
-Sí, enseguida me hice maestra rural. Estábamos solos. Teníamos los 7 grados a cargo, si teníamos más de 21 dábamos 3 horas a la mañana y 3 horas a la tarde. Y también limpiábamos la escuela. Éramos personal único. Primero fui a parar a una escuela de Soledad, pero no me dieron pensión, me acompañó mi papá y no me dejó. La escuela rural me encantó y me sigue gustando ahora.

 

-¿Cómo era la rutina de una escuela rural?
-"Hola, buen día", dividir el pizarrón de acuerdo a los chicos que tenés, en una misma aula darle clases a chicos desde 6 hasta 12 años. En aquella época yo tenía algunos que tenían 15, todos en la misma aula. Todo es cuestión de empezar. Después del buen día y del saludo y ver qué hicieron de tarea, empezás a distribuir las actividades del día y a uno le desarrollás la actividad, al otro le preparabas en tu casa la tarjeta. Si el día antes le enseñaste sobre la suma al primer grado, al segundo día le das tarjeta para que practiquen. Las clases de lengua si dabas redacción, segundo y tercer grado lo podías juntar y después cada uno escribía lo que podía, de acuerdo a su nivel. Lo más difícil era desarrollar las ciencias. En 4° se estudia Santa Fe, 5° Argentina, 6° América y 7° el mundo, buscaba manuales y en tarjetas les hacía una guía para que ellos buscaran. Después lo charlábamos, una vez con unos, otra vez con otros.

 

-Una educación artesanal, a medida del grupo, de cada chico. Desarrollabas algo y el resto se podía dispersar imagino.
-A veces alguno quedaba… y otros aprendían por contagio del más grande. Los más "bichos" aprendían, "pescaban" antes. En un aula donde solo trabajás con un tema, el tema se amplía. Lo que tenía era que no podías dedicarte demasiado a cada uno. Trabajábamos 4 horas 15 cuando teníamos 1 solo turno, con 19 o 20 alumnos. Cuando teníamos 21 y 6 o los 7 grados, dividíamos en 2, los más grandes iban a la mañana, los más chicos a la tarde. Era más fácil, trabajábamos 3 horas 5, la misma persona, 2 turnos.

 

-Además del trabajo en tu casa, no podías ir a la fotocopiadora a sacar 20 copias de los manuales...
-Nooo, allá ni había. Estaba a 15 kilómetros de los 2 pueblos cercanos.

 

-Con los problemas de atención que experimentan los niños hoy, ¿ese sistema sería imposible?
-Antes no estaba tan diversificada la atención de los chicos. Cuando yo estaba allá fue el alunizaje, había un televisor en la colonia y yo hice toda una experiencia y llevé a todos los chicos a esa casa de familia que me prestaron el televisor, para que los chicos vieran en blanco y negro, con la pantalla azul que le ponían adelante, el alunizaje. No había otra cosa. En el campo los chicos ayudaban a los padres, ahora eso es "trabajo infantil". Ayudaban a los padres naturalmente, iban a la escuela, después había un campito y jugaban al fútbol, no había otra cosa.

 

-¿Y el esfuerzo que hacían?
-Enorme. Algunos iban a caballo, otros en bicicleta ya en esa época. Primero iban al tambo, después algunos llevaban la leche a la cremería y después iban a la escuela. En invierno llegaban con las manos duras, así que teníamos una estufa como esas que aparecieron ahora de nuevo, que son las cuadradas con la garrafa de 10. Primero tenían que calentarse las manos antes de empezar a escribir, si no era imposible. Era común, ahora parece que todo es un esfuerzo de aquellos… Ahora en la ruralidad cambió muchísimo, con el hecho que cerraron tantos tambos. Los dueños de los campos no están más, prácticamente. Tienen algún peón, que tiene algún hijo y nada más. Las escuelas rurales no tienen nada que ver con aquellas en las que yo daba clases. Las maestras tienen mucho más al alcance, porque también les llega la tecnología, los aportes del Estado, tienen otros docentes que colaboran y pueden llegar a formar un equipo.

 

-¿Cómo era tu despliegue para trabajar fuera de tu casa?
-Cuando estaba en Arrufó venía cada 15 días. Estaba en pensión, en una casa. Pero el último año y medio esa gente se fue a vivir al pueblo y ya nadie me daba pensión. Tenía casa en la escuela, pero tenían miedo que me quedara sola. Entonces me acomodé un poco esa casa y normalmente cenaba ahí y después me iba a una casa de familia a dormir. No era de lo más cómodo, los días de lluvia me quedaba ahí, si no tenía que caminar 1 km y pico por el barro. En la Fronterita me cansó la llovizna y lluvia, fue difícil, bajaba donde está el haras, lo estaban construyendo, también caminaba en el barro para llegar, ahí me cansé. No de las escuelas rurales sino de esos movimientos.

 

La función pública

 

Mirta fue Secretaria de Cultura en los dos primeros años del gobierno de Ricardo Peirone en nuestra ciudad. Recuerda aquel rol en el Municipio y se le ilumina la cara.

-Fui Secretaria de Cultura del Intendente Peirone. Me gustó, fue una experiencia muy interesante, muy desgastante, pero no me arrepiento de haberla hecho. Me cuesta, y por eso no intenté hacer nada más, manejarme políticamente. Es mucho de idas y venidas, hoy somos amigos y mañana enemigos, eso es lo que no puedo. Podés ser adversario en serio, pero no enemigo, es lo que me costó.

 

-¿No es genuina la política?
-No sé, creo que hay gente que nace para eso, otros a lo mejor se hacen porque les empieza a gustar. Lo mío fue de grande, entonces me costó. Me tocó irme porque se achicaban las secretarías en la época del corralito, del 2001, fue una época difícil económicamente para todos los Estados. Pero no me arrepiento de haberlo hecho, para nada.

 

-¿Qué fue lo que más te gustó?
-El contacto con la gente, conocés gente de todos los colores, de todos los países. Te movés y entablás las relaciones, obviamente. Tenía un equipo muy activo. Las muestras de artesanías que hicimos en la Recova… (se emociona). Por eso a mí la Recova me duele muchísimo. Yo ya discutía con quien hoy sigue siendo su dueño, telefónicamente, para que nos la alquile y nos la ceda. El no quería aflojar. Yo me ilusioné cuando habían hecho el proyecto, porque dije bueno, invierte. Pero cuando eso fracasó… Es una pena… Expropiarlo lleva mucha plata y mucho tiempo, a la gente le parece que es sencillo, pero no es así.

 

-Fuiste la última que aprovechó la Recova para la ciudad...
-En los dos años que yo estuve hicimos las ferias de artesanías, una herencia de Marta Zimmerman. Nosotros habíamos logrado traer realmente artesanos de todo el país. Gente que se mueve por el país y por el mundo que nos decía "no desaprovechen este espacio".

 

-La ciudad no tiene demasiados lugares para ferias o encuentros sociales. ¿Era el lugar ideal?
-Totalmente, era "él" lugar. Con todos esos desniveles que había adentro, antes que se produjeran todas esas demoliciones en la búsqueda de los túneles y todo eso, ese era "él" lugar. Tenía distintas salas, distintos niveles. Hicimos dos ferias fantásticas y una de las que organiza la feria que hoy se hace en el Paseo Libertad es una de las chicas que trabajaba con nosotros y ya organizaba esas ferias, Estelita Cardoni. Ya teníamos los techos con muchos problemas, los chicos de la Municipalidad tenían que hacer maravillas. Este buen señor tenía ya deudas, entonces cada tanto hablaba y cedía el espacio, como si fuera un alquiler.

 

-¿Qué otros vínculos estableciste?
-Después tuvimos mucha relación con los artistas, con los músicos, los bailarines, los teatreros. En aquella época no estaba la Fiesta del Teatro, pero Marcelo Allasino ya había empezado a incursionar, estaba en la Comisión para la Promoción de la Cultura. Se empezaba a formar algo que hoy está instalado y que es parte de la movida cultural de la ciudad.

 

Una sociedad impredecible

 

-¿El aula es un reflejo de lo que pasa en todos los ámbitos? ¿Allí adentro se ve todo?
-No sé si todo, pero se refleja mucho. Depende mucho de qué barrio está inserta. Lo que era la escuela Rivadavia antes es ahora la escuela Mitre, la ciudad se fue extendiendo y va cambiando. La Escuela de la Plaza nació como una escuela de elite. Depende del lugar en el que está.

 

-¿Qué sentías al detectar alguna problemática que afectaban a los chicos en su ámbito familiar o cotidiano?
-Tuve una solo situación, en la que un padre presionaba a su chico por cuestiones deportivas, con quien me enfrenté y hubo alguna discusión. Después, en la única escuela en la que yo había tenido problemas por ejemplo con chicos agresivos en las aulas, teníamos que tener mucho control y todo eso, era en la escuela de Pilar. Una población donde hay muchos golondrinas por la cosecha y otras cosas, hay dos escuelas, una de elite la Santa Marta de las monjas y la otra donde va todo el resto. Se estaba poniendo difícil ahí, yo había ido varias veces a charlar con las maestras, había llevado el equipo psicopedagógico que empezaba a trabajar en la Regional, fueron las primeras experiencias que se hacían. Es muy difícil corregir eso si no es un trabajo en conjunto, familia, maestros, dirección, inclusive los compañeros del grado.

 

-¿Y cuando escuchás sobre los casos de violencia, física o verbal, que se desarrolla hoy en las aulas, qué sentís?
-No sé qué siento. Pero me da la impresión como que estoy en otra ciudad. Digo, esto en Rafaela? Yo cierro mi casa y ando tranquila, tengo confianza en el mundo, camino por la calle con tranquilidad, con precaución pero no con miedo. Hay gente que tiene miedo, pánico, yo no. Pero cuando escucho estas cosas no lo puedo creer.

 

-¿El problema empieza en el hogar?
-El problema es que los padres no saben ser autoridad de sus hijos. La primera autoridad que tiene el chico son los padres. Todo el mundo dice que nace en la familia, no es que la familia le enseñe a hacer eso, la familia le permite demasiado, no saben decirle "no". Entonces si los padres les dejan hacer lo que quieren, por qué la maestra no les va a dejar hacer lo que quieren. Cuando el padre va a defender al chico a un colegio, chau. Se trastoca todo.

 

-Aún con todas estas nuevas dificultades, ¿te sigue gustando Rafaela?
-Sí, me sigue gustando. Creo que la gente se queja por todo, pero nadie dice todo lo bueno que hay. No es una ciudad quieta. Culturalmente quisiera que hubiese más cosas, no solo local. Nosotros con poca plata hemos traído el Valet Nacional de Folklore, el Coro de Niños del Teatro Colón para las veladas para el 25 de Mayo o el 9 de Julio. El teatro habitualmente lo aporta el Teatro Lasserre, pero es una propuesta netamente comercial. Como está el Festival de Teatro suple a todo lo otro que se podría tener. Pero hay para todos los gustos, explotaron un montón de salas para exposición, para formación, mucha música con una escuela que es una maravilla. En aquella época luchamos mucho ya buscando espacio, para alquilar una casa más grande porque ya no entraban, es una felicidad que hayan podido lograr esa escuela de música, con la calidad que tiene. Después la escuela "22 de Noviembre", que es otra manera de formar músicos. Además el convenio con el Instituto del Profesorado para que salgan maestros de música, que abastecen a todas las escuelas.

 

-¿Qué es o fue la docencia para vos?
-Para mí fue todo, mi vida en realidad. Yo me dediqué a la docencia. Sí después fui haciendo alguna otra cosa, mi vocación hubiese sido ser maestra de sordos, pero económicamente en mi casa no se podía mantenerme afuera y el único lugar que había para formarse era en Capitán Sarmiento, Buenos Aires. Me tocó ir a laburar, pero no me arrepiento.

 

 

Una trabajadora social
Mirta Villanis se ha desempeñado en distintos espacios de bien común y fiel a su naturaleza sigue integrando la Asociación Civil de "La Huella".
En la charla, además, revelamos una gestión inesperada. "Una vez una amiga que daba catequesis a los chicos discapacitados me vino a buscar. `¿Yo qué voy a hacer?´, le dije, `vos seguime a mí´, me contestó. Hace 40 años que doy catequesis a los chicos especiales, es una actividad que hacemos los sábados, ahora en la Catedral. Estuve en el Sagrado Corazón, en Santa Rosa y habíamos empezado en el Hogar de Menores Madres. Ahora con la integración de los chicos en las escuelas también están acoplando a los chicos discapacitados en los grupos tradicionales. Nos quedan pocos, pero lo seguimos haciendo".
 

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