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Columna de opinión

Gracias por el fútbol


yo opino
lunes, 17 de abril del 2017 | 04:00Hs

Foto: Olé
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"Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol", Roberto Fontanarrosa. "Lo entiendo. Y no tengo nada de original porque, como se sabe Roberto, en mi país las maternidades hacen un ruido infernal porque todos los bebés se asoman al mundo entre las piernas de la madre gritando gol. Yo también grité gol para no ser menos y como todos quise ser jugador de fútbol", Eduardo Galeano. "Lo que no entiendo de Usted es que se defina como un mendigo del buen fútbol, sin que importe quién se lo da. Porque no existe eso de cambiarse de cuadro", Fontanarrosa. "Pero es así. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece", Galeano. 
"Usted está completamente loco, Martínez", me dice alguien en la redacción. "La semana pasada se metió con el Jefe, y hasta lo llamó públicamente el Barba. Y ahora hace hablar a los muertos". Esa palabra me sacó y casi me pongo a gritar, pero la verdad es que estoy dulce después de ver un partido de fútbol maravilloso. "En primer lugar no son muertos, porque quienes dejaron semejante legado nunca van a morir. Segundo, son dos Maestros que merecen otro trato. Dos Maestros de verdad, de esos que cuesta encontrar en estos tiempos donde lo que abundan son los empleados de la educación. Y tercero…de algo tengo que escribir. Y nada mejor que la palabra de dos intelectuales con alma de tablón para aclarar algo sobre el menoscabado espíritu del más hermoso juego del mundo". El tipo solo me mostró el reloj con cara de fastidio, lo que significa que falta poco para cerrar la edición, y necesita que le pase urgente mi columna. De paso me aclara que no piensa corregir el título a último momento como la semana pasada. Y se va moviendo la cabeza.
Entonces le hablo a Jorge, un amigo de letras que tiene la gentileza de leer mis notas y comentarlas. Pero alguien ajeno a este particular mundo de la pelota, es que "como algunos intelectuales serios, él habrá ocupado sus horas leyendo a Tolstoi, mientras yo leía El Gráfico", robándole otra frase a Fontanarrosa. Pero como en su niñez tuvo la semilla de la pasión futbolera, en su recorrida por el mundo seguro que pasó junto a estadios legendarios y hasta suele asomarse a los partidos de algún mundial, no será difícil que entienda lo que ocurrió este sábado. Es que tengo que tomar a alguien fuera del ambiente para explicar lo que nosotros llevamos dentro, aunque el brutal ataque del exitismo nos haya hecho olvidar. Cuando ocurren partidos como estos, al menos yo regreso a las fuentes. Aún sin convertirme en un mendigo del buen fútbol porque, la verdad, que lo que más me importaba era que ganara Atlético.
Lo cierto, Jorge, es que en pleno Sábado Santo, Atlético debió viajar a Avellaneda para meterse en la Caldera del Diablo. Y no se trata de una parábola, hablo del estadio de Independiente, el del Diablo Rojo, uno de los cinco grandes del fútbol argentino, el Rey de Copas, el que tuvo al eterno mandamás del fútbol argentino de su lado y ahora…bueno ahora también. El que siempre es candidato al título y venía de hacerle cinco goles a Patronato en Paraná. El equipo del cual hablaban todos los periodistas salvo los de Rafaela. Pero el fútbol todo lo puede, por eso de ser la dinámica de lo impensado. Y lo que iba a ser un paseo del Diablo como un desafío al cielo, terminó siendo un espectáculo celestial. Queda claro que el equipo de Llop no es partenaire de nadie, que se para de igual a igual ante todos y que hasta tuvo el descaro de jugarse a ganador ante semejante compromiso. Y más allá de que no pudo sumar de a tres, hizo que el periodismo porteño descubriera que frente al local había un equipo. Y eso no es poco.
Es cierto, en esta religión que no tiene ateos que es el fútbol, definitivamente ocurren milagros. Mirar a los hinchas del rojo durante el juego fue descubrir todos los sentimientos. Pasaban de elevar una plegaria al dios del gol, a encomendarse a su santo para que los salve. La angustia y la euforia pasaban de las tribunas del estadio a cada sitio donde un hincha de la crema estaba viendo el partido y viceversa. Se rezaba, se maldecía, se cruzaban dedos o se hacían cuernitos. Todo en plena Semana Santa. Dicen que en estos casos Dios se divierte mirando, disfruta del espectáculo, y no toma partido. Por eso, definitivamente, el fútbol suele ser injusto.
No quiero meterme en su vida Jorge, pero si le queda un tiempo, trate de ver alguna repetición del partido. Seguramente que recordará porque de pibe también usted soñaba con golazos propios y tribunas gritando su nombre. Este sábado en Avellaneda empataron Independiente y Atlético, dos equipos de Primera. Después, en la semana, analizaré si el punto sirve para mantener la ilusión, pero la verdad es que hoy eso no me importa. Ah, para los pibes del equipo. Gracias por recordarme que este juego es maravilloso. Gracias por el fútbol.

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