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Columna de opinión

Justicia, injusticia, los falibles y el inepto


yo opino
lunes, 07 de mayo del 2018 | 04:00Hs

Foto: Ariel Heideggen / Prensa Atlètico
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"Es la justicia" –dijo el pintor. —"Ahora la reconozco" –dijo K– "Allí está la venda y aquí la balanza. Pero tiene alas en los talones y está en movimiento…"—2Sí “–dijo el pintor–, “la pinto así por encargo: representa al mismo tiempo a la justicia y a la diosa de la victoria" —"No es una buena combinación”  –dijo K, sonriendo–. "La justicia debería estar quieta; si no, oscilaría la balanza y no sería posible una sentencia justa" —"Debo adaptarme a los gustos de mi cliente" –dijo el pintor, Franz Kafka (1883-1924); de "El proceso" (publicada por Max Brod, en 1925).    
El fútbol es un juego maravilloso porque contiene a la injusticia como un componente central. Es como el boxeo, apasionante, excitante e imprevisible porque no siempre gana el mejor. A veces esto ocurre simplemente porque la diosa tiene alas en los pies. Y otras porque quienes deben impartir la justicia terrenal no poseen la capacidad o la suficiente moral para hacerlo. Es que los jueces han tomado el centro de la escena desde hace un tiempo. Si, esos también, pero aquí solo menciono a los del fútbol. Es que cuando los torneos entran a la recta final sus determinaciones son todavía mas importantes que en el resto de la temporada. Aquí y en todo el mundo, aún en las grandes Ligas. Y estamos a 37 días del comienzo del mundial, según el cartelito rojo de Crónica.  
Uno imagina al reglamento de fútbol como un gran libro lleno de dibujitos y palabras que dejan claro a los señores árbitros cuales son las cosas que deben sancionar. Porque ellos administran una justicia espasmódica, intuitiva, sin espacio ni tiempo para la duda; sin apelaciones. Deciden en un segundo; hostigados por el furor de los jugadores que, a 160 pulsaciones por minuto, sienten que esa falta recién cobrada puede quitarles el pan a sus hijos; amenazados por la furia imparable de los hinchas, seguros de que les pitan en contra porque "están comprados". Alejados del aplauso, su aspiración es modesta: no cometer errores graves, pasar desapercibidos, ser invisibles. El mismo reglamento que les otorga autoridad los reduce a la nada, simbólicamente. Por eso deben estar preparados mentalmente para las presiones. Las externas y las internas.
En un Camp Nou desbordado se jugaba este domingo el clásico más esperado en todo el mundo. Y estaban esos dos que han dominado a Europa y han conquistado al mundo desde 2.009, en que juegan en la misma liga. En la tarde en que Iniesta, otro prócer de la historia, se despedía, el Barcelona de Messi festejaba su doble corona recibiendo al Madrid de Ronaldo. Y empataron en un encuentro apasionante donde el peor, por lejos, fue el árbitro.
En el estadio Lorenzo Arandilla de Adrogué, a la misma hora, no había más de tres mil personas en las tribunas bajas, pero la pasión era la misma que se vivía en Barcelona. Y se jugaba algo más importante, al menos para nosotros, como la posibilidad de seguir en carrera para ascender a Primera en Argentina. Y ante un reglamento confeccionado al nivel intelectual de Chiqui Tapia, la parada para Atlético era temeraria. Y también empataron en un juego apasionante, sin goles pero con muchas alternativas, y con un actor que falló gravemente en el final. Si, también aquí fue el árbitro.  El célebre militar prusiano Carl von Clausewitz diría que, técnicamente, todo partido de futbol definitorio es la continuación de la política por otros medios. Y se ve en estos actos.
El conjunto de Lito Bottaniz tenía todo en contra, solo que había dejado atrás la presión de clasificar para enfrentar el desafío de meterse en semifinales. Pero la verdad es que ya casi nadie creía en este equipo que por mucho tiempo fue líder del torneo. Que se haya dudado de sus posibilidades, que se haya puesto en tela de juicio su aptitud para alcanzar la victoria, pudo ser un acicate que lo llevó a consumir las reservas anímicas y temperamentales para demostrar lo contrario. La desconfianza ajena siempre es un estímulo más. Unifica voluntades, despierta espíritu de grupo, y genera ansias de revancha.
Eso se vio en la tarde del domingo. Atlético mereció ganar claramente el juego, pero la enorme capacidad del arquero Martín Ríos y la falencia de los atacantes celestes a la hora de enfrentarlo lo condenaron. El equipo volvió a jugar de visitante como en gran parte del torneo. Pero quedamos eliminados rápidamente. Y la palabra fracaso es la que nos sabe amarga en la boca.
La realidad es que el futbol es muchas veces injusto, pero solo en el partido. Cuando se habla de todo un torneo, invariablemente el campeón es el mejor. O al menos uno de los que mejor ha hecho las cosas. Es justo quejarnos y dolernos de este momento y maldecir al árbitro, que es claramente un inepto. Pero cuando termine el duelo, deberemos llevar la vista al bosque para analizar los errores cometidos. Para no repetirlos y para volver a ser protagonistas. Porque si no lo hacemos, dejaremos de ser falibles para convertirnos en ineptos.

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