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La otra mirada: A cuarenta años del Mundial 78

Kempes, el Matador y Videla, el asesino

El evento costó diez veces más que lo previsto, y fue pensado como una vidriera internacional para los dictadores. El entorno político y social se devoró la esencia del torneo. El fútbol fue una víctima. Tanto como los campeones, menospreciados injustamente, porque se trató de un gran equipo que inició el cambio en la consideración del seleccionado.


yo opino
lunes, 04 de junio del 2018 | 04:00Hs

En 1978 la vida aún transcurría fuera de las pantallas, no existían los celulares, ni las computadoras de uso masivo y la televisión era un artefacto que en general, mostraban pocos canales y en blanco y negro. Las drogas parecían ser un problema exclusivo de los americanos del norte, el 2000 un año emparentado a los sueños de Julio Verne, el diferendo con Chile por el canal de Beagle una amenaza que preocupaba, y el nacimiento de Louise Brown, el primer bebé de probeta, una noticia conmocionante.
Tres años antes, el país tambaleaba por una inflación que alcanzaba el 330 por ciento y desembocaba en el "Rodrigazo", mientras los atentados se sucedían dejando 860 muertos por causas políticas. Hasta que el 24 de marzo de 1976, una Junta de Comandantes asumió el poder tras destituir a María Estela Martínez de Perón y puso como presidente de facto a Jorge Rafael Videla. Amanecían los oscuros años de plomo. 
En la segunda mitad de los setenta disfrutamos de muchas victorias deportivas argentinas en el exterior, principalmente de la mano de Carlos Reutemann, Guillermo Vilas, y del boxeo. Pero la cercanía del Mundial era determinante. Por lo que significa para nosotros el juego de la pelota y porque seguíamos siendo, tristemente, los "campeones morales". Lo que valía a decir que aún no habíamos ganado nada verdaderamente relevante en el contexto internacional, más allá del subcampeonato conseguido en 1930 en Uruguay. Además, la propaganda oficial ayudaba a que la motivación llegara a las nubes.
La revisión de aquel Mundial se parece demasiado a esos placeres que dan culpa. Es que resulta imposible evocar la noche del 25 de junio sin marcar los contrastes que nos envolvían. Una sociedad eufórica por el logro deportivo que se desentendía del contexto político y social del país. Dos escenarios, ubicados a diez cuadras de distancia en Nuñez, Buenos Aires, parecen resumir las contradicciones: de un lado la cancha de River, símbolo de la fiesta. Del otro, la ESMA, símbolo de represión y horror. La gloria deportiva en medio de un infierno escondido.
El comunicado número 23 de la dictadura fue el primero en permitir algo: la televisación en directo del partido que la Selección de fútbol tenía que disputar en Chorzow frente a Polonia, dos días después del golpe. Quizá esa sea la imagen más clara de cómo los militares se propusieron utilizar al deporte, copiando lo que Hitler había hecho en los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936. Una imagen tan contundente como aquella foto de los tres integrantes de la Junta gritando, desaforados, un gol argentino en la final del Mundial '78, ante Holanda y en la cancha de River.
Hay más fotos. Varias con Videla, el dictador, recibiendo sonriente a cuanto deportista lograba un triunfo en el exterior. Una con Videla entrevistado por la revista El Gráfico en la edición de la conquista del Mundial. Otra más con Videla instruyendo a sus comunicadores para que inciten a que la gente vaya a la Plaza de Mayo a festejar el logro de aquel inolvidable Juvenil del '79, y así evitar la marcha por los Derechos Humanos. Y siguen. Con Videla saliendo al balcón para saludar ese mismo día y en ese mismo lugar. Con Videla abrazando al almirante Carlos Lacoste, el brazo derecho de Massera para ocuparse de todo lo relativo al deporte. Con Videla explicando la adhesión al boicot norteamericano a los Juegos de Moscú. Con Videla felicitando al coronel Rodríguez, quien llegó al Comité Olímpico en 1976 y pareció que no se iría nunca más.
El inicio del ´78 mostraba un mapa político extremadamente militarizado. En Chile, el general Augusto Pinochet consolidaba su poder. En Uruguay, la dictadura funcionaba bajo el disfraz civil del insípido Aparicio Méndez. En Brasil, Joao Figueiredo intentaba tibiamente abrir a la política las puertas del régimen militar. En Paraguay Alfredo Stroessner continuaba impertérrito. En Bolivia Hugo Banzer empezaba a tambalear por una huelga de hambre de los mineros de estaño. En nuestro país, las Fuerzas Armadas encaraban una fase decisiva de lo que denominaban la solución final: su eternización en el poder y la definitiva domesticación de la sociedad. La realización y conquista del Mundial de fútbol fue solo el primero de los tres objetivos centrales que perseguían los militares, y el único que se hizo realidad según lo planeado ya que el segundo -la guerra con Chile por el Beagle- quedó trunco y el tercero -el choque con Gran Bretaña por las Islas Malvinas- se constituyó en su propia lápida. 
A pocas semanas del comienzo del Mundial, Jorge Carrascosa, el capitán argentino, renunció a su puesto sin dar explicaciones. "Los argentinos somos derechos y humanos", aseguraba hasta el cansancio la publicidad oficial. En medio del torneo, los hinchas miramos para otro lado tras el partido con Perú y solo nos dedicamos a festejar pensando en lo que vendría. Los diarios del día siguiente pondrían en tapa que apenas Luque metió el cuarto gol, una bomba voló el frente de la casa de Juan Alemann, secretario de Hacienda del régimen y enemigo de los que decidieron gastar 700 millones de dólares para la fiesta. Se salvó de milagro, pero nosotros ni nos enteramos. 
Lo que siguió fue una celebración interminable. Envueltos por ese sentimiento inequívoco que ansiábamos disfrutar: éramos los campeones mundiales. El equipo argentino fue el mejor, sin duda. Y muy probablemente, a pesar de que se trata de un juego muchas veces ilógico e injusto, no necesitaba de ayudas para coronarse. Pero los hechos fueron grotescos y evidentes, no tiene sentido disimularlos. Culpar a los jugadores es absurdo. No es imposible, sabiendo en la burbuja en la que siempre han vivido, creer que ni idea tenían de lo que pasaba. Porque a muchos de nosotros nos pasaba lo mismo. Y los que tenían conciencia de lo que en verdad ocurría y debían comunicarlo, no lo hacían. Por adhesión al régimen o simplemente por temor a las consecuencias. El paso del tiempo sirvió para correr el velo. Claro que la luz que anuló las sombras, paradójicamente, oscureció el logro deportivo.
Ahora que se conoce una parte de lo ocurrido, es absolutamente necesario que se aclare también todo lo concerniente a lo actuado por la guerrilla, y que los responsables de ésta paguen por sus crímenes. ¿Qué dirá de nosotros la historia? Del largo silencio de Carrascosa, de los gritos de la multitud que ganó la calles, de la hermética convicción ideológico-futbolera de Menotti, de los abrazos increíbles entre presos y carceleros tras cada victoria del fútbol, de la cómoda crítica que se permite dar, cuarenta años después, lecciones de ética y moral. ¿Qué dirá? La historia habla por nosotros. Ya fue dicho: el Mundial lo ganamos. Para bien y para mal, lo hicimos todos. Una verdad circular, invadida por los grises, la angustia, las broncas contenidas. La luz y la sombra. Esa historia nuestra.
En mi memoria quedan las atajadas increíbles del Pato Fillol, la maestría de Daniel Passarella, el despliegue emocionante de Tarantini, la inteligencia de Ardiles, la presencia de Gallego, la habilidad de Houseman, la capacidad goleadora de Luque, el maravilloso complemento del resto de los futbolistas y, sobre todo, la magnificencia de Mario Alberto Kempes, el Matador. Aquel fue un plantel riquísimo, de los que pocas veces se puede reunir, que se movió con una idea de juego que se respetó hasta el ultimo segundo de cada partido. Y que es el gen de lo que sentimos como "la nuestra". Fue el punto máximo de un proceso que cambiaría la historia del fútbol argentino tras décadas de desorganización. Argentina tardó 48 años en ganar su primera Copa del Mundo. El subcampeonato del '30 dejaba de ser el hito futbolístico de nuestro país a nivel de selecciones. Los papelitos reclamados por Clemente desde la contratapa de Clarín cubrieron las calles y las bocinas de los coches aturdieron la noche. Argentina se instaló definitivamente en la galería de los campeones, en lo que fue la entendible fiesta de muchos. Pero jamás la de todos.                

 

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