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La otra mirada: Nuestro fan-fest

La argentinidad al palo

El debut del seleccionado nacional en el Mundial de Rusia despertó, como suele ocurrir en partidos de esta importancia, una conmoción popular. La masificación y diversidad de posibilidades de verlo hace que ya no se junte la gente en bares o sitios similares como ocurría hace un tiempo. Sin embargo, siempre quedan en pie los más tradicionales.


yo opino
lunes, 18 de junio del 2018 | 04:00Hs

Foto: N. Gramaglia
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Salgo de casa antes de las siete de una mañana helada. Frío intenso para una zona que ha olvidado aquellos inviernos de mi infancia. No hay tanto hielo, como en el amanecer del viernes, sobre los autos que soportan la intemperie. De las bocas de tormenta salen nubes de vapor que, iluminadas por las luces de las columnas, dibujan imágenes de ensueño. Faltan apenas tres horas para el comienzo del partido ante Islandia. En la esquina de Av. Santa Fe y Aragón, un negocio improvisado ofrece cornetas, gorros, banderas, vinchas y, expuestas en un tendedero casero, una decena de camisetas de distintos tamaños y modelos, con el escudo de la AFA. Todas coinciden en un número y un nombre: el 10 y Messi. Y todas son burdas imitaciones que vende a bajo precio. A esta hora hay un tránsito moderado, aunque mayor a otros sábados porque seguramente son muchos los que corrieron las horas de trabajo.
A medida que nos acercamos a las diez, las calles se van pareciendo al mejor circuito de Fórmula 1. Todos creen tener derecho para volar y entonces se olvidan las reglas básicas de urbanidad. Hay que llegar temprano a casa para sentarse frente al televisor. Como a los cincuenta y ocho años ya he conseguido domesticar a las fieras de la ansiedad, al menos cuando se trata de fútbol, me tomo el tiempo necesario para mirar la vida desde la ventanilla de mi auto. De pronto me parece que todas las imágenes de la ciudad se han uniformado con los colores nacionales desde que el Mundial se mezcló con el 20 de junio. Ocurre en la cartelería, las publicidades radiales y las televisivas. Entonces los fondos de las publicidades son invariablemente celestes mientras modelos vestidos con la camiseta tradicional dan a conocer concursos especialmente organizados, o promocionan largas cuotas para comprar televisores enormes que permiten ver goles tridimensionales. Eso entre cientos de otras cosas que van desde equipos gigantes de sonido hasta un yogurt con pinturitas celeste y blanca de regalo, pasando por la ropa deportiva y los botines de colores que parecen sacados del bolso de Barbie princesa. Pasan autos con banderitas colocadas de manera que se queden por algún tiempo y otros que apelaron a la improvisación. Los colores de la Argentina se han convertido en una suerte de obsesión cromática. La multiplicación del merchandising y de la publicidad alusiva se agrega a nuestra espontaneidad. Vivimos el tiempo que sucede en un país bajo bandera.
Difícil cuestión la del nacionalismo que durante el Mundial de fútbol levanta olas breves pero impetuosas, como suele decir Beatriz Sarlo. El nacionalismo suele ser una especie de espontaneidad innata, una ideología por default, ahora que esta palabra está de moda y nos asusta. El nacionalismo funciona por default cuando no hay otras buenas razones colectivas para reconocerse como parte de una comunidad. Para nosotros, ser campeones es mucho más importante que para Alemania o Francia, por ejemplo. Más allá de lo estrictamente deportivo, claro está. Porque la pasión en calles y tribunas y en el momento del partido o de los festejos, suelen ser idénticas en cualquier país.
En lugares como La Plata y algunos municipios del Gran Buenos Aires, se armaron Fan Fest "al estilo de los de la FIFA", que se suman a los que el Gobierno porteño ofrece en la Plaza San Martín de Retiro y en el Parque Centenario. El Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, junto a municipios y provincias, forman parte de la transmisión de la previa al partido en la Televisión Pública, lo que se puede ver en pantalla gigante en "Puntos de aliento" en Jujuy, Córdoba, Misiones y Tierra del Fuego, entre otros. Por aquí, sin embargo, la diversidad de formas en que se puede ver el partido en distinto tipo de pantalla, hace que la gente haya perdido la costumbre que tenía hace algunos años, cuando los café o sitios similares recibían un aluvión de clientes atraídos por el fútbol. Sin embargo los más tradicionales siguen vigentes.
Tres56 no es solo un sitio con toda la historia contemporánea de Rafaela, tanto que está cerca de cumplir sus primeros 50 años, sino también una referencia de encuentro de buena parte de la sociedad. El bar de los Sassia, que ahora se presenta con el pomposo nombre de Lounge bar, nació en la mente emprendedora del padre de Rodolfo, Mario, Quique y Luis, en los setenta y casi enfrente, cuando tenía la concesión de la confitería del Jockey Club. La relación con el ambiente del futbol también se fue acrecentando con el pasar de los años, y si bien la mayoría de los futbolistas o entrenadores pasan por sus mesas, en nuestra memoria queda "trecincuentayseis" como segundo vestuario del mítico Atlético de Horacio Bongiovanni, ese equipo que metió definitivamente a Rafaela en el fútbol de elite. El inolvidable Quique controla todo desde una pintura que acelera corazones, y más arriba hay una decena de camisetas de distintos clubes ya enmarcadas.
Los paneles de vidrio del frente están ploteados con la alegoría del mundial. Adentro, hay un aire cálido que huele a café fuerte y contrasta con el frío intenso que envuelve la ciudad. Alguien baja las cortinas para que el ambiente se torne intimista y el reflejo no moleste la visión en los dos televisores enormes que, enfrentados, pasan a ser el centro de atención. Hay una mesa con señoras a las que podría cantarles Arjona que se juntaron a ver el para ver el partido, y que se paran apenas suena el himno, esta introducción tan curiosa que se parece mucho más a un haka motivador que a nuestra canción patria. El resto son diversas, incluida una donde un hombre solo desayuna vestido como futbolista y otra con jóvenes que comentan entusiasmadas que los jugadores islandeses se parecen más a Brad Pitt que a Di María. Hay un grito de entusiasmo cuando comienza el partido y el volumen de la tele crece como si fuera un fan-fest íntimo. Lo que sigue es la misma imagen de la platea de un estadio cualquiera, pero más recatada y con ruido de pocillos como fondo. El final de la mañana tiene el mismo sentimiento que envuelve a todos los argentinos, el de la enorme frustración por el resultado y por el rendimiento del equipo. Pero está claro que no hay nada como compartir esas sensaciones con amigos. Como aseguró el entrañable Jorge Guinzburg en "Retrato de familia", "Es fácil reunir a los argentinos, lo imposible es unirlos". 
Mientras voy camino a casa escucho en la radio los análisis más variados de periodistas que jamás perderían un partido como entrenadores. El Mundial hace que este tiempo sea excepcional. Es como esa semana entre Navidad y Año Nuevo, es un tiempo espeso cargado de adivinaciones, caracterizado por un suspenso eléctrico que en cualquier momento se corta abruptamente. Hay pequeñas pruebas de abstinencia mundialistas que iremos superando apenas se produzcan esos días de impasse entre etapas, días en donde la pelota no rueda, una suerte de vacuna para lo que invariablemente sucederá. Se viene un tiempo duro para nosotros que se hará tremendo si nuestra selección no consigue llegar a la definición, Dios no lo permita. Deberemos prepararnos para eso. No para la eliminación, claro, sino para sobrevivir al lunes posterior a la final. Salga como salga el partido.
Si fuera necesario demostrar que las naciones existen habría que recurrir a la prueba de las guerras y de los mundiales de fútbol. El deporte vuelve real a la nación, incluso para los más escépticos y para casi todos los indiferentes, dice Sarlo. Como si la nacionalidad fuera un sentimiento adormilado que se despierta, los mundiales ponen a la nación en el orden del día. Bien, aquí estamos, tristes pero convencidos que todo va a cambiar. Y por eso nadie guarda las banderas. Solo algunos porque ya casi es 20 de junio. La mayoría, devotos de la religión más grande del mundo, esperando un milagro futbolero. Es que los argentinos tenemos un D10s aparte.

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