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Diálogos imaginarios: Jorge Luis Borges

La pelota y el recelo de la pluma

Este jueves 24 de agosto hubiese cumplido años uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX. El escritor nacido en Buenos Aires en 1899, era dueño de un humor cargado de ironía y de un realismo que por momentos sonaba pesimista, lo que se acentuaba cuando se refería al deporte en general y al fútbol en particular.


yo opino
lunes, 28 de agosto del 2017 | 04:00Hs

"Usted debe de ser muy famoso". La afirmación cruzó el aire y se instaló en la cara de César Luis Menotti transmutada en gesto de sorpresa. Que sí, que no, que tal vez, que en una de esas por ser campeón del mundo… El Flaco balbuceó una posible respuesta y antes de que pudiera ensayarla, Jorge Luis Borges remató la faena: "Porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo". Corría setiembre de 1978, el entrenador de la Selección Argentina, que venía de ganar el Mundial, estaba cumpliendo el sueño de conocer a uno de sus admirados personajes, y esa desopilante presentación fue el puntapié inicial de una entrevista que el propio Menotti le hizo al escritor para una revista literaria. La charla, tal como lo recuerda Matías Rodríguez en El Gráfico, no volvió a ahondar en cuestiones futbolísticas, pero esa primera reacción de Borges desnudó la incredulidad que le generaba ese fenómeno que jamás se empeñó demasiado en comprender, pero al que siempre criticó con obstinada crudeza.
Hay un texto, firmado por Jorge Álvarez Pieroni, que relata una supuesta biografía de Jorge Luis Borges y una entrevista a su ficticio autor, Harold Macoco Salomón, donde se comenta que el escritor jugaba de ocho y era un entusiasta hincha de Newell’s ("Me acota Salomón que solo un equipo con un nombre inglés podría haber subyugado a Borges", dice una de las líneas). La historia de por qué Jorge Luis Borges cambió su afición por este deporte en un odio inconmensurable, parte de un golpe durante un partido que acabó dejándolo ciego. En aquel supuesto lance participaban Adolfo Bioy Casares, Roberto Arlt, Petit de Murat, Ricardo Güiraldes, Horacio Quiroga, Xul Solar, Julio Cortázar y hasta Honorio Bustos Domecq, de quien se hablará más adelante. Álvarez Pieroni, un periodista que gusta de la sátira política, el humor y la parodia, hizo uso de las dos últimas en el cuento que contiene parte de lo que aquí se transcribe, y varios lo tomaron como real. Ah, falta decir que esto ocurrió en las redes sociales, para que se entienda el porqué de tamaño disparate.
En verdad, a Borges le molestaban las representaciones masivas y no era demasiado adepto a ningún deporte, aunque el chauvinismo de cotillón era el rasgo que, entendía, vaciaba de legitimidad cada partido. "El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así. La idea de que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible". Tampoco las hinchadas quedaban a resguardo de su disgusto. "El fútbol en sí no le interesa a nadie. Nunca la gente dice ‘qué linda tarde pasé, qué lindo partido vi aunque haya perdido mi equipo’. No lo dice porque lo único que interesa es el resultado final. La gente no disfruta del juego".
Aún muchos cuentan la siguiente historia como quien recita la alineación de un inolvidable equipo de fútbol. Jorge Luis Borges, durante la final del Mundial de Argentina 1978, cometió una de las más grandes ‘herejías’ que recuerden los amantes del juego de la pelota: organizó una conferencia sobre la inmortalidad en pleno partido. Y en Buenos Aires, aquella tarde del 25 de junio de 1978, se llenaron tanto el estadio Monumental como su biblioteca, lugar de la charla. El escritor no ocultó así su odio hacia un deporte sobre el cual él explicó de forma memorable la razón de su éxito, "El fútbol es popular porque la estupidez es popular".
Este acontecimiento, desde entonces, dividió fatalmente a los intelectuales que amaban u odiaban al fútbol, una separación que revive cada cuatro años, cuando se realiza la Copa del Mundo. Hay referentes de primer nivel de uno y otro lado de la "grieta". Sin embargo, la herida se fue cerrando. Cuando comenzaba a ocurrir esto, Jorge Valdano, que dejó de hacer goles para escribir, entregó tal vez el mejor análisis premonitorio de que se venían tiempos de mejor relación entre el músculo y el cerebro. "Ahora empieza a dar la sensación de que ellos le perdieron el miedo al fútbol, a reflexionar sobre el tema, al menos para intentar entender por qué mueve a tanta gente y por qué despierta tantas emociones".
Volviendo a Borges, en una entrevista con el diario La Razón contó una pintoresca historia sobre el partido –o mejor dicho, medio partido– que presenció: "A la cancha fui una vez, y fue suficiente. Me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim (novelista y director uruguayo). Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo alguien me dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle yo le dije a Amorim: ‘Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz’. Y Amorim me dijo: ‘Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también bien con usted’. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol".
Borges, que inició su obra literaria traduciendo a los británicos James Joyce, Oscar Wilde y G. K. Chesterton, incluyó a Inglaterra en su crítica: "Qué raro que nunca se les haya echado en cara a los ingleses, injustamente odiados, haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol, que es uno de sus mayores crímenes". Sin embargo, como todos los Borges caben en Borges, junto a su amigo Adolfo Bioy Casares escribió un cuento, titulado Esse est percipi, en el que el fútbol es protagonista. El texto tiene como personaje principal al tal Honorio Bustos Domecq, quien es informado por un dirigente de una alarmante realidad: "El último partido de fútbol –le dice– se jugó en esta Capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman". Después de un par de aclaraciones, Bustos Domecq pregunta con temor: “¿Debo deducir que el score se digita?”. Ahí le comunican que no hay score ni partidos ni estadios. Que todo lo que pasa vale, precisamente porque sale en la televisión y en la radio. Que la conquista espacial es una coproducción yanqui-soviética y que en el mundo nunca sucede nada que no esté prestidigitado.
Lo que sí cultivó Borges como ejercicio, fue el ajedrez, que jugó esporádicamente pero por el que se dejó seducir. "Es uno de los grandes medios que tenemos para salvar la cultura –decía–. El ajedrez es como el latín, el estudio de las humanidades, la lectura de los clásicos, las leyes de la versificación y la ética. El ajedrez es hoy reemplazado por el fútbol, el boxeo o el tenis, que son juegos insensatos, no de intelectuales". Claramente, aquella historia de Álvarez Pieroni tiene mucho de homenaje borgeano y poco de realidad, aunque bien podría haber sucedido en ese mundo de Ficciones plagado de laberintos, espejos y cuchilleros que dirimen su destino a suerte y verdad en duelos caballerescos. Borges no se habría sorprendido, o al menos no tanto como en aquella entrevista con Menotti, que duró unos cuantos minutos y que tuvo un final tan memorable como el comienzo. "Qué raro, ¿no?, dijo el escritor, un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo".

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