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La otra mirada: Planeta redondo

La Tregua de Navidad

Hace poco más de un siglo, en esta fecha y en plena Primera Guerra Mundial, soldados británicos y alemanes detuvieron los disparos y se pusieron a jugar al fútbol. No se pretende aquí comparar esto con nuestros estados alterados. Pero tal vez nos vendría bien en esta tregua, revisar nuestros principios y nuestro grado de exitismo para ayudar a salvar lo poco que queda de la esencia del juego de la pelota.


yo opino
lunes, 26 de diciembre del 2016 | 04:00Hs

La historia que se cuenta la recuperó Waldemar Iglesias. Sucedió en plena Primera Guerra Mundial, la Navidad de 1914 estaba por llegar. En el Frente Occidental, en la ciudad de Ypres, región flamenca del territorio belga en la Provincia de Flandes Occidental, de un lado estaban los soldados alemanes y del otro, los británicos. Durante la tregua que ofrecía la Navidad, comenzaron a sonar villancicos cantados al azar y a la par. Ya juntos, alemanes y británicos, enterraron a los caídos y lloraron por ellos abrazados. En el medio, cuando la hostilidad se deshacía en un intercambio de pequeños regalos decididamente significativos, aparecieron pelotas de fútbol. Y entonces, en ese increíble momento, la guerra pasó al olvido. Y los horrores fueron derribados en cada jugada. Bajo el cielo de tantos dolores, sucedía un milagro.
Aquella ocasión en la que el fútbol venció a la guerra, cumple ciento dos años. En 2014, cuando se festejó el centenario de La Tregua de Navidad, el luego destituido presidente de la UEFA Michel Platini, invitó a los mandatarios de Bélgica, Francia, Italia, Gran Bretaña, Alemania e Irlanda a participar del tributo a aquel episodio. Incluso la edición de esos días de la revista FIFA Weekly le brindó su sección central y más importante al tema, incluyendo varias declaraciones de dirigentes.
También el cine le ofreció espacio al hecho. "Joyeux Noël" (Noche de paz) se llama la película francesa de Cristian Carlon en la que se retrata aquel momento. Estrenada en 2005, llegó a estar nominada como Mejor Película Extranjera. Y aunque perdió ante la sudafricana "Tsotsi", de Gavin Hood, dejó su huella. El film, en cualquier caso, ofrece una mirada similar a la de aquellos futbolistas amateurs y entusiastas, esos soldados que no quisieron ser soldados por un rato. El tema y su tratamiento son un mensaje de esperanza.
También la literatura se hizo eco en algún momento. La obra "Silent Night: The Story of the World War I Christmas Truce", de Stanley Weintraub, brinda los detalles de ese instante. Hace poco más de tres décadas, el estupendo Paul McCartney le dedicó al hecho su mirada con la canción Pipes of Peace. Dice en el estribillo "Help me to learn songs of joy / instead of 'burn baby burn' / won´t you show me how to play / The pipes of peace, play the pipes of peace" (Ayúdame a aprender canciones de alegría / en lugar de ´quema bebé quema' / vamos a mostrarles cómo tocar / las pipas de la paz). En el video, el artista es un soldado de aquellos que se animaron a cambiar los ruidos de los disparos por los gritos de gol.
Lo escribió Eduardo Galeano respecto del fallecimiento, en julio de 2001, de Bertie Felstead, el último sobreviviente de aquel evento que la historia abraza: "Había atravesado tres siglos: nació en el 19, vivió en el 20, murió en el 21. (...) Se enfrentaron en ese partido los soldados británicos y los soldados alemanes. Una pelota apareció, venida no se sabe de dónde, y se echó a rodar, no se sabe cómo, entre las trincheras. Entonces el campo de batalla se convirtió en campo de juego, los enemigos arrojaron al aire sus armas y saltaron a disputar la pelota, todos contra todos y todos con todos. Mucho no duró la magia. A los gritos, los oficiales recordaron a los soldados que estaban allí para matar y morir. Pasada la tregua futbolera, volvió la carnicería. Pero la pelota había abierto un fugaz espacio de encuentro entre esos hombres obligados a odiarse". 
Benedicto XV, el Papa de entonces, había hecho una solicitud de tregua antes de aquella Navidad. Nadie le prestó atención. El fútbol, deporte poderoso, espacio de pertenencia, se encargó luego de que su deseo fuera cumplido. Los que se mataban dejaron de matarse. Al menos mientras la pelota rodaba.
Ahora que termina el año, llega el tiempo del balance. Repasar la memoria es un ejercicio que enriquece si se pretende mejorar o recuperar valores que se han perdido. Claro que, para que ello ocurra, es necesario volver a mirar todas las fotos con la misma objetividad. Las que muestran festejos. Y las que encierran imágenes de dolor. Es que volver atrás en el tiempo es como transitar por un corredor plagado de cuadros, de uno y otro lado. Cuando uno elige el camino de la memoria selectiva y solo repasa los hechos deportivos -aunque estos, se sabe, difícilmente pueden analizarse separados de la realidad social- las fotos nos muestran solo éxitos y fracasos. Porque el deporte profesional así lo dictamina. Las fotos de viejos triunfos nos permiten ver gente festejando, lágrimas de felicidad, dedicatorias armadas de antemano. En definitiva, una coreografía para la que nos hemos preparado desde siempre, y entonces sabemos actuar en consecuencia. Las imágenes de la derrota, en cambio, nos recuerdan tristezas pasadas y, en muchos casos, actitudes que nos llenan de vergüenza. Propias y ajenas. Porque, definitivamente, no sabemos perder. Ni siquiera parcialmente. Esto, lamentablemente, se ha convertido en moneda corriente. 
¿No sería bueno enseñar cómo y que es perder? Por favor, entiéndase bien el contenido de la pregunta. No se trata de apostar a forjar personas perdedoras, gente sin espíritu competitivo, deportistas que en los inicios de sus carreras ya acepten resignados que no van a llegar a ser protagonistas. No es ese el sentido. Sino transmitirles -fundamentalmente a los más chicos- que a pesar del mensaje que van a recibir diariamente respecto de que en esta sociedad solo hay lugar para los ganadores, perder no es la muerte. Simplemente porque para que alguien festeje, al menos uno será derrotado. Y que, incluso, una manera de atemperar la decepción y el dolor, es reconocer al que fue más que uno. Y comenzar a corregir nuestros errores para mejorar. Vuelvo a preguntar, ¿no valdría la pena enseñar a competir respetando los olvidados códigos del honor y la honestidad, entendiendo que perder está dentro de las reglas del juego?
"Estoy harto de que la Idea del Fracaso se haya apoderado de este juego: ya no se gana o se empata o se pierde, como dice el reglamento; ahora se gana o se fracasa", exclamó el Gordo en una tarde de dolores, agobiado porque un amigo lloraba entre desmesuras los años sin ser campeón de su equipo y porque el hijo de otro parroquiano del lugar se miraba con desprecio los tobillos a causa de que jamás había hecho un gran gol", describe Ariel Scher en uno de sus tantos relatos. Es cierto. La palabra fracaso es usada con excesiva liviandad y continuidad por todos, fundamentalmente por los que hacemos periodismo. Y en estas condiciones, tratar de incitar a recuperar la esencia del juego de manera individual es una utopía. Pero vale la pena intentarlo. Porque definitivamente no hacerlo es fracasar. Así como en el fútbol el verdadero fracaso pasa por no jugar, el resto es solo aceptar una de las variantes sobre el resultado que ofrece el reglamento.
Si el fútbol es tan importante en nuestras vidas, si es tan generoso como para parar una guerra, si nos apasiona a pesar de todas las mugres que lo contaminan, si cuando gritamos un gol propio o ajeno nos sentimos libres y felices, ¿por qué entonces lo ahogamos con exitismo? El fútbol tiene que ver con la pasión, la pasión tiene que ver con la exageración y la exageración tiene que ver con la Argentina. La historia del fútbol está llena de exageraciones. Pero las exageraciones no permiten ni explicar ni entender al fútbol. La tristeza por las derrotas duras es atendible. La crítica y la preocupación deportivas se justifican. La marca en la historia queda. Pero exagerar es un modo de marchar hacia el exitismo. Y ser exitista siempre es una conducta social para perder por goleada.

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