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La otra mirada

La verdad de Schopenhauer

"Una mala obra interpretada por buenos actores es mucho mejor que una obra excelente representada por cómicos mediocres". Arthur Schopenhauer, filósofo.


yo opino
sábado, 28 de octubre del 2017 | 04:00Hs

Foto: D. Camusso
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La tenía reclara Arturito hace ciento cincuenta años. El de ayer fue el mejor de los ejemplos. Noche ideal de primavera, viernes, un estadio Monumental con imagen de Primera que se sustenta en un piso fantástico, el césped verde como pocas veces antes y con la humedad justa como para que la pelota corra y no salte, y dos clubes con un pasado reciente en la elite. Pero los actores fueron mediocres o, en muchos casos, muy malos. Y la obra que seducía en la propuesta previa fue un fiasco. Schopenhauer, un pesimista con sentido del humor, solía aseverar además que el secreto "para no ser demasiado infeliz está en no esperar ser demasiado feliz". Y como el hincha de Atlético se había ilusionado tanto en el comienzo con volver a ser protagonistas de un torneo, aunque se tratara del ascenso, la decepción los tiene abatidos y los aleja del estadio.
Claro que en el bodrio de anoche también colaboro Nueva Chicago, pero se trata del actor de reparto. La obligación de ser un protagonista que merezca algún reconocimiento es del actor que juega de local. Pero todo se conjugó para que el partido sea lo que se vio, ¡esta vez sí!, por la tele. Los jugadores maltrataron la pelota, y hasta merecieron un árbitro de futbol sénior. En tiempos de atletas que juegan al futbol, Alejandro Castro no puede con su alma, o en todo caso con su abdomen. Y desentona tanto en la imagen como en sus decisiones. Pobre pelota, se parecía a una bola de flipper, esas maquinitas maravillosas que eran nuestras Play Station. Todavía hay algunas en los rincones de las salas de juego, máquinas de varios tipos con diferentes temas de decoración y laberintos, pero todas con las mismas reglas. Hay que sacar una bola con la máxima fuerza posible para hacerla rebotar por todos los rincones y evitar que se cuele por el hueco que hay entre las pestañas que uno mueve en la parte inferior de la máquina. Y si, la pelota rebotaba en todos con la salvedad que nadie acertaba el arco. Alguien debería explicarles a estos futbolistas dos cosas sustanciales. Es fundamental pasarle el balón a cualquier otro que vista la misma camiseta. Y la pelota es redonda para que ruede, es decir que siempre es mejor jugar por el suelo que por el aire.
A pesar de empatar con Central en la final de la Copa Santa Fe, lo que le dio la Copa a los juveniles Canallas, el equipo de Bovaglio dio señales alentadoras. Dos buenos goles y su mejor rendimiento en todos estos meses en la parte final del partido con un Nico Castro parecido a aquel de sus grandes juegos con la camiseta celeste y blanca. Pero fue un engaño. Sirvió solo para alimentar esa ilusión de felicidad del hincha. Y entonces la decepción volvió a ser importante. No vale la excusa de que el visitante jugó con mezquindad, como suelen hacer los equipos de la B Metropolitana. En primer lugar porque no fue así, e incluso cuando se dio cuenta de las limitaciones de la Crema, sobremanera después de la expulsión de Casas, lo atacó y tuvo las chances más claras. Segundo, porque luego de tantos partidos ya todos sabemos que tipo de torneo se afronta y como debe jugarse. Pero fundamentalmente porque cuando uno juega bien, tiene generación de juego y es sólido e inteligente, es muy probable que gane en la categoría que sea. Y la realidad es que este Atlético no gana porque no juega bien y muchas veces hasta mal o muy mal
Bovaglio llegó con una idea clara que va perdiendo pureza ante la falta de rendimiento y, fundamentalmente, resultados. Anoche su equipo mostró una versión polarizada, donde costaba entender que pretendía. Y definitivamente era imposible imaginar cómo podía conseguir de ese modo una victoria con forma de árbol que sirviera para disimular el bosque de la confusión. Definitivamente hay nombres importantes, como los de Velázquez o Klusener, que ya no merecen dejar algún compañero en el banco de suplentes. Es necesariamente el tiempo de los replanteos. El torneo aún no se ha partido. Pero la sumatoria lo va poniendo en una situación límite. Y ya se sabe, cuando uno se acerca a los límites todo se vuelve más tenso. Los nervios se crispan. Y las decisiones pueden ser las equivocadas.

 

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