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La otra mirada: La era de la infamia

Lágrimas de oro

Mientras el mundo aún se conmueve con el dolor que despertó la tragedia del Chapecoense, ese accidente aéreo que cobró 71 vidas y destruyó un equipo de fútbol humilde que estaba muy cerca de llegar a la cúspide de Sudamérica, muchos se valen de esa situación para hacer un negocio tan enorme como indecoroso.


yo opino
lunes, 16 de enero del 2017 | 04:00Hs

"Cuando canta la Sur, cuando canta un sureño, se escucha su voz allá arriba, en el cielo. No los vamos a olvidar, siempre los recordaremos. La Sur canta para vos, Chapecó celestial. Que lo escuchen en todo el continente. Siempre recordaremos vivo y campeón al Chapecoense", cantó la hinchada del Atlético Nacional en el Atanasio Girardot, la noche del tributo a los muertos en la tragedia aérea de Medellín.
No hay demasiado movimiento en las calles de Itapema, hasta que diez minutos antes de la medianoche del 31 de diciembre, como si se tratara de una procesión, la gente comienza a llegar a la playa. Todos vestidos de blanco para festejar Reveillón (Nochevieja), los turistas para vivir un fenómeno de consumo que se repite en muchos sitios de Brasil, los nativos por convicción. La tradición asegura que de ese modo logran traer paz en el año nuevo. Algunos utilizan otros colores como el amarillo para atraer dinero o rojo para atraer la pasión, pero la mayoría va de blanco. Luego de los fuegos artificiales intentarán saltar siete olas para abrir los caminos y ofrendar flores a Yemanja, la diosa del mar en la religión de los orishas. Todos de blanco hasta que aparece un pequeño grupo con las camisetas verdes y la gente los aplaude. Entonces, si uno presta atención, encontrará decenas y decenas de esas remeras verdes con la publicidad de Caixa, la Caja de Ahorros Federal, cruzando el frente, y el escudo bordado sobre el costado izquierdo. Es curioso verlas justo en una fiesta que espera recibir un nuevo año de ilusión y buenaventura. Lo mismo que deseaban esos futbolistas que lograron el milagro de sacudir el mundo de la pelota derrotando a los poderosos de américa.
Esos hombres pasaron del sueño a la tragedia. Querían todavía más gloria. Pero el bronce es solo metal, nombres, una fecha, relieves. Homenajes. Nada. En la oscura noche colombiana, en un paraje boscoso y húmedo de Antioquía, Chapecoense finalmente entró en la historia más allá del fútbol, y no lo hizo de cualquier manera, entró por la puerta negra, la puerta de las fatalidades. La muerte no es sangre, cuerpos rígidos o mutilados. Eso es el shock, el terror humano. La muerte es la ausencia. Carlos Páez Vilaró, sobreviviente del avión que se estrelló a 3.500 metros en los Andes en 1972 y sobrevivió 72 días con otros 15 amigos en condiciones extremas, habló sobre el caso del Chapecoense. "Uno entra a un avión y siempre piensa que se puede caer. Pero cuando pasa y todo se sacude, la situación se vuelve irreal. Como si no sucediera. No es fácil de entender si no viviste algo así, pero te ves en una pesadilla. Pensás, nada de esto puede ser cierto".
El desastre, como suele suceder, desnudó otros desastres. La falta de controles, los inspectores que miran a otro lado acaso porque reciben algo, la empresa que siempre quiere gastar menos, aún a costa de vidas. Que vuela con la nafta justa y que ni siquiera ante la inminencia del desastre mayor, se anima a decir que le falta combustible. Alguien, está claro, deberá pagar por tanta irresponsabilidad. ¿Lo harán?
La tragedia conmocionó a todo el mundo aún más allá de los campos de juego. Y despertó una solidaridad que emociona. Por ejemplo, las muestras de apoyo al Chapecoense no llegaron solo vía redes sociales sino que se manifestaron con hechos concretos. Después del accidente, el club recibió 13 mil nuevas solicitudes para asociarse, algo impensado teniendo en cuenta que hasta una semana antes tenían 10 mil socios. Quien acudía a centros comerciales, a tiendas de deporte o a los principales portales online especializados encontraba la misma respuesta. Todas las existencias de camisetas se agotaron en pocas horas después que se supo que el avión con la expedición del equipo catarinense se había estrellado a 30 kilómetros de Medellín, donde iba a disputar la final ida de la Copa Sudamericana, contra el Atlético Nacional. ‘Torcedores’ de todos los equipos brasileños quisieron homenajear al equipo milagro de 2016 y se lanzaron en masa en busca de la camiseta del ‘Indio’. El gesto revela la conmoción sincera y generalizada por un equipo que no tiene rivalidad con ninguno de los grandes del país. De hecho, el conjunto que dirigía el malogrado Caio Junior ya había despertado la simpatía del país durante su exitosa campaña en la Copa Sudamericana, que le había llevado a la primera final continental en sus 43 años de existencia.
Pero como suele ocurrir, lamentablemente, apareció también la peor de las miserias humanas, que es lucrar con el dolor ajeno, valerse de la sensibilidad de los honestos. Por ejemplo el martes, cuando Brasil se despertó con la tragedia del peor accidente aéreo de la historia del fútbol, surgió una polémica en las redes sociales por el repentino y sospechoso aumento del precio de la camiseta del ‘Chape’. La original, marca Umbro, pasó a costar 229 reales (unos mil pesos), mientras que las réplicas se consiguen por 50 reales (227 pesos). Mientras desaparecen en fila muchas instituciones que prometían  jugadores o dinero para Chapecoense, aparecieron aquellos que buscan sacar ventaja del dolor de los familiares de las víctimas. Eso es lo que se descubrió en los últimos días, de acuerdo al testimonio en común de las esposas de, por lo menos, dos de los futbolistas fallecidos. Enseguida, la dirigencia del club verde emitió un comunicado, dando alerta de la situación y repudiando el accionar de abogados no autorizados que se hacían pasar por representantes de Chapecoense.
Aunque no citaron nombres, los dirigentes prometieron tomar medidas contra "quienes intentan obtener ventajas personales de forma ilícita". En otros fragmentos de la nota, se explica cómo actúan los oportunistas. "Estos abogados se presentan como legítimos representantes del club en asuntos vinculados al trágico evento que se llevó la vida de muchos atletas, dirigentes, invitados y periodistas, inclusive buscando a las frágiles familias de las víctimas, en este doloroso momento, para sacar rédito, lamentablemente", dice el párrafo saliente del comunicado, firmado por la dirigencia, donde además, se aclaran las identidades de los tres responsables "oficiales" por el sector jurídico del club.
Pero esta incipiente ola de golpes no termina ahí, pues en las últimas horas fueron detenidos algunos vendedores ambulantes que vendían camisetas oficiales de Chapecoense declarando que el dinero que se pagaba por ellas iba directamente hacia las arcas del club, lo que también fue desmentido por la propia institución. No obstante, ayer por la mañana, un grupo de periodistas presentes en el entrenamiento del equipo de Mancini detectó a una persona vendiendo camisetas oficiales, con numeración y todo, a los hinchas que se acercaban hasta allí para ver a sus nuevos jugadores, siendo que están agotadas en toda la ciudad. Pero no solo de ambulantes y vendedores solitarios se trata, ya que varios usuarios denunciaron a dos de las más importantes cadenas brasileñas de venta de indumentaria deportiva online por aumentar hasta casi el doble el precio de las camisetas de Chapecoense, horas después del accidente.
Hace un par de días, a través de su cuenta de Twitter, la dirigencia del club negó que ya tenga un acuerdo con Netflix para producir y filmar la historia que terminó en tragedia. Pero, en definitiva, lo único que hizo fue confirmar que el accidente llegará a la pantalla grande. "El Chapecoense recibió a diversas productoras y emisoras y oyó diversas propuestas semejantes a esa, pero no se ha tomado ninguna decisión", dice el comunicado oficial. "Además, de ninguna manera aceptaríamos transformar en entretenimiento esta tragedia, y las decisiones pertinentes a este caso serán tomadas con todas las partes involucradas". Es entendible que se haga una película, pero, ¿tan pronto?, ¿Cuando aún son muchas las lágrimas que siguen cayendo por esos hombres? Lo cierto es que el negocio en torno a la tragedia es gigantesco. Y tiene muchas aristas que dan asco.
"Soy chapecoense, con mucho orgullo, con mucho amor", cantaban algunos, en versión modificada del himno de Brasil. Hay camisetas verdes por todas las calles de un país en donde el fútbol es parte vital de la vida diaria, muchas incluso combinadas con los colores de otros clubes, como si los hinchas de estos dividieran su corazón y abrigaran también en él, a ese equipo con residencia en el municipio de Chapecó, la ciudad verde de 200 mil habitantes, ubicada a 370 kilómetros de Puerto Iguazú. Hay un cariño general que potenció la pena y que hizo que el mundo de la pelota adopte a ese equipo humilde y ganador. Por eso muchos turistas buscan la camiseta del Chape. Y pagan por ella lo que les piden los mercenarios que lucran con el dolor ajeno.

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