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Homenaje: Osvaldo Soriano

Letras que caen del cielo

Fue un escritor que llegó al corazón de la gente. Sus novelas fueron traducidas a 20 idiomas y se constituyeron en grandes éxitos de venta. Tres de ellas se llevaron al cine. Admirador del policial negro, comenzó a escribir seducido por Borges y Bioy Casares. Autodidacta, se formó en el periodismo de la década del sesenta. A veinte años de su muerte, es bueno recordarlo a través de algunas respuestas sobre fútbol y su amor por San Lorenzo.


yo opino
lunes, 06 de febrero del 2017 | 04:00Hs

Osvaldo Soriano nació el 6 de enero de 1943 en Mar del Plata, hijo de una madre que lo hacía dormir con relatos de gente "medianamente loca como el Gordo y el Flaco" -Laurel y Hardy- y de un padre empleado de obras sanitarias a quién amaba entrañablemente, comenzó a escribir fascinado por Jorge Luis Borges, en la soledad de su casa de Tandil. Se descubrió rápidamente como un autodidacta, poseedor del don de la palabra por amor a la lectura y por oficio de periodista surgido en la redacción del diario El Eco de esta ciudad. Amante de la novela negra, de Raymond Chandler, Georges Simenon y Graham Greene, entre los gustos nacionales ostentaba una verdadera devoción por la obra y la persona de Adolfo Bioy Casares, un autor en sus antípodas.  Hasta el último de sus días -falleció el 29 de enero de 1997, a los 54 años, víctima de un cáncer de pulmón- reconoció no haber escrito una sola línea por  la mañana. Amaba vivir en el horario de los gatos, a quienes reconocía como sus asesores literarios. Desembarcó en Buenos Aires a comienzos de la década del sesenta para trabajar en una revista. Poco después pasó por los diarios La Opinión y El Cronista hasta que tuvo que sufrir el desarraigo y se exilió en Bélgica, primero, y Francia -la nación de su esposa-, después. El fútbol, la política y el recuerdo de su padre fueron temas centrales para hacer sus contratapas en Página 12 desde mediados de los ochenta. Su primer cuento, La caña, data de 1965. En 1973 apareció "Triste, solitario y final", a quien siguieron "No habrá más penas ni olvidos", "Cuarteles de invierno", "Artistas, locos y criminales", "El negro de París", "A sus plantas rendido un león", "Rebeldes, soñadores y fugitivos", "Una sombra ya pronto serás", "El ojo de la patria", "Cuentos de los años felices", "La hora sin sombra", y "Piratas, fantasmas y dinosaurios".
En 1996, en una nota extensa, le decía a Cristina Castello. "Maradona es el rey sin corona del país y así se ubica él: como un rey que nos habla a nosotros, los súbditos. Pero hay que entenderlo, porque el tipo debe pensar: ´¿Qué me van a aplicar la ley justo a mi si les hice un gol con la mano a los ingleses?... ¡No es serio!´. Y tiene razón, si aca los corruptos andan sueltos y, ni siquiera, nos dan felicidad".
- Usted recuerda que su madre le trasmitió amor por Laurel y Hardy. Ahora, ¿sabe que habla de su padre como si fuera el Gordo Hardy?
- "Es verdad...era como el Gordo porque él también intentaba significar la autoridad: le decía al Flaco como hacer las cosas y a él le salían como el diablo. Y así era mi viejo. ´Cuidado con el pozo´, decía... ¡y él se caía de traste!".
- ¿Se dio cuenta, de chico, de cuanto lo quiso?
- "Sí, por suerte, y fui feliz con lo poco material que podía darme. Solo hay una cosa que todavía me duele. ¿Por qué no me preguntó si yo quería vivir en todos los sitios a donde lo llevaba su trabajo?".
- ¿Lo dice porque sus exilios de niño le dieron desamparo y soledad?
- "(Con tristeza) Es que aquellos desarraigos me cortaban los afectos con amiguitos o novias. Y lo peor fue que cuando nos fuimos de Cipolletti a Tandil tuve que dejar el fútbol y, con él, un pedacito de felicidad. Pero bueno, el viejo era un luchador y nos llevaba de pueblo en pueblo porque creía que, a pesar de alguna caída, había un mañana mejor para la Argentina".
- ¿Era de San Lorenzo como Usted?
-"No, mi viejo era de River".
- Usted reconoce a Evita como una gran pasión argentina. ¿Ahora la única que nos une es el fútbol?
- "Sí, y hasta reemplazó a la pasión política".
- ¿Cuál es la razón de ese fervor futbolero que tanto convoca?
- "Y...yo creo que el fútbol tiene la significación de una guerra sin muertos, pero con conflictos, con drama, reflexión e ironía... ¡me apasiona! Tanto, que en el año del ñaupa me compré una radio portatil, para pegarme a ella los domingos que no podía ir a la cancha. Y sigo así, de modo que en los últimos meses que estuve en Francia, me quería matar: porque para mi la voz de Víctor Hugo Morales es indispensable, como lo fue la de Alfredo Arostegui, cuando yo era chico".
- ¿Su pasión por el fútbol lo desmereció ante otros intelectuales?
- "Sí, pero ellos se pierden haber jugado, como yo, con la camiseta número 9 en el Alto Valle. Es que están lejos del cuerpo, porque es una fuente de placer que no tiene que ver con la razón. Y ni siquiera se dan cuenta de que el fútbol amalgama a la familia, cosa que no consigue la política".
- Hoy, más allá de sus pasiones, ¿su certeza se llama Manuel?
- "Mi hijo Manuel es una esperanza, pero también es mi último gol (se ríe), como lo es siempre el último libro que escribí, y como lo será el próximo".
- Va a seguir buscando...
-"Sí, porque de mí solo quedará lo que yo creé: mi hijo y mis libros, y a través de ellos seguiré buscando la identidad. Con obstinación, como el Flaco, cuando metía el dedo en el ventilador".
Contó tiempo atrás el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, que poco antes de que Soriano se fuera de este mundo, murió la lagartija de su hijo Manuel, que entonces tenía diez años. El chico hizo un tremendo entierro con ataúd y todo, para despedir a su bichito querido. Días después, en el adiós a su padre, llevó al cementerio una hermosa carta para que "el Gordo" se la entregara a la lagartija en el cielo.

 

La llamada del domingo

 

Entre quienes recuerdan a Soriano desde su amor por el fútbol, vale repasar el texto de su amigo Eduardo Van Der Kooy, de la redacción de Clarín. "A Osvaldo solo le importaba San Lorenzo y miraba con incomprensión, y algo de desdén, mis simpatías de porteño por Newell's. Nos unía Perucca, Pontoni, Martino y poco más. Sabía de su entusiasmo pero fui descubriendo su fanatismo con los años. En 1980 viajé a París, donde vivía su segunda época de exilio. Llegué a su apartamento por escalera en una vieja casona del barrio Latino. El baño era una pequeña habitación debajo de esa misma escalera, donde tenía pegado un póster gigante del equipo ´Los Matadores´ y clavada en la pared una vieja camiseta de San Lorenzo con la número 8. Vio mi cara de sorpresa y entonces pasó un largo rato contando como había conocido al legendario Oscar ´Coco´ Rossi y como le había arrancado ese trofeo que exhibía ´en el lugar más placentero de la casa´. Mi teléfono sonó hasta 1997 siempre puntualmente los domingos a la noche: Osvaldo quería saber como había salido San Lorenzo y que chances conservaba. Tenía el mixture del fútbol argentino en París y se iba en conjeturas. De política casi no hablábamos".

 

 

Carta de Osvaldo Soriano a Eduardo Galeano
Querido Eduardo:
Te cuento que el otro día estuve en el supermercado "Carrefour", donde antes estaba El Gasómetro. Fui con José Sanfilippo, el héroe de mi infancia, que fue goleador de San Lorenzo cuatro temporadas seguidas. Caminamos entre las góndolas, rodeados de cacerolas, quesos y ristras de chorizos. De pronto, mientras nos acercamos a las cajas, Sanfilippo abre los brazos y me dice: "Pensar que acá se la clavé de sobre pique a Roma, en aquel partido contra Boca". Se cruza delante de una gorda que arrastra un carrito lleno de latas, bifes y verduras y dice: "Fue el gol más rápido de la historia". Concentrado, como esperando un córner, me cuenta: "Le dije al cinco, que debutaba: no bien empiece el partido, me mandás un pelotazo al área. No te calentés que no te voy a hacer quedar mal. Yo era mayor y el chico, Capdevila se llamaba, se asustó, pensó: a ver si no cumplo". Y ahí nomás Sanfilippo me señala la fila de frascos de mayonesa y grita: "¡Acá la puso!". La gente nos mira, azorada. "La pelota me cayó atrás de los centrales, atropellé pero se me fue un poco hasta ahí, donde está el arroz, ¿ve?" -me señala el estante de abajo, y de golpe como un conejo a pesar del traje azul y los zapatos 8 lustrados-: "La dejé picar y ¡plum!". Tira el zurdazo. Todos nos damos vuelta para mirar hacia la caja, donde estaba el arco hace treinta y tantos años, y a todos nos parece que la pelota se mete arriba, justo donde están las pilas para radio y las hojitas de afeitar. Sanfilippo levanta los brazos para festejar. Los clientes y las cajeras se rompen las manos de tanto aplaudir. Casi me pongo a llorar. El Nene Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962, nada más que para que yo pudiera verlo.

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