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La otra mirada: Sobre la argentinidad

Parados en los extremos

La tristeza que al público le produce perderlos y la ira de no poder conservarlos, precipita el final de los ídolos. Las horas de gloria que ellos crean empapan la cotidianeidad del público y desatan aplausos, alaridos y alegrías que persisten en el tiempo siguiente a la finalización del espectáculo. Su éxito y permanencia depende de la generación de sentimientos.


yo opino
lunes, 02 de enero del 2017 | 04:00Hs

No ha pasado tanto tiempo, algo menos de cinco años. La situación fue realmente increíble, una pintura de nuestra personalidad. En el deporte y en la vida diaria. Acababa de terminar la serie de Copa Davis y Argentina se quedaba fuera de la definición. Charly Berlocq agradecía el apoyo de la gente pese a la derrota y era ovacionado por la multitud. "¡Ar-gen-tina! Ar-gen-tina!", se cantaba fuerte. En un costado los jugadores checos celebraban un triunfo histórico. Acababan de ganar en una cancha donde nadie había ganado antes y frente a un público completamente adverso. Apenas unas decenas de compatriotas los vivaban en una tribuna. El estadio, ajeno al acontecimiento, vivía una explosión de pura argentinidad. Incluidos los silbidos inmediatos a Juan Martín del Potro, el ídolo que un mes atrás había sido héroe olímpico en Londres 2012 y que, apenas dos días antes del abucheo, había sido ovacionado en ese mismo estadio por su esfuerzo. Es que cometió la imprudencia de no jugar porque su muñeca se estaba destruyendo, como se vio más tarde. Por esa falta se fue del Parque Roca denostado. Pasó un largo tiempo recuperándose, soportando el menosprecio de los habitantes de esas cloacas llamadas redes sociales que lo bautizaron Del Pony, hasta que en 2.016 volvió. Y lo hizo ganando y, para más, cada uno de esos partidos bien pueden ser catalogados como épicos. Entonces pasó directamente del olvido a la idolatría absoluta. Claro que por estos días puso en duda su participación en la primera ronda de la Davis en Buenos Aires, y entonces muchos ya fruncen el ceño y se preguntan si no se apuraron en ponerlo sobre un pedestal. La argentinidad al palo.
Lo de Messi es difícil de explicar y mucho más de entender. Es el mejor del mundo sin discusión y para muchos, entre los que me incluyo, el mejor de todos los tiempos. Por su continuidad en ese sitial de número uno sin marcadas caídas, por su imagen ejemplar fuera de las canchas y por la belleza de su juego. Gana todo con Barcelona, deslumbra al mundo y rompe récords cada fin de semana. Pero ha cometido el pecado de nacer en Argentina. Y no conseguir un título grande con la selección. Entonces muchos connacionales directamente lo menosprecian de manera insólita. Y la mayoría vive comparándolo con Maradona.
Esto de comparar es una práctica que, cuando no se toma como un juego periodístico o como una simple discusión periférica, se suele volver dramática. Porque pareciera que no tenemos capacidad para comparar a dos grandes figuras aceptando que uno puede ser mejor que el otro. Para nosotros uno es indiscutible y el otro un pecho frío fracasado. Recuerdo que cuando el siglo XX finalmente dejaba paso al XXI, al Círculo de Periodistas Deportivos de nuestro país se le ocurrió sumar otra disputa y elegir -además de los Olimpia de Plata y Oro- al Deportista Argentino del Siglo. Recibieron entonces un vendaval de críticas por tal determinación, basadas estas en el argumento de la dificultad que supone el comparar épocas y el riesgo de cometer una injusticia que esto mismo encerraba. Es que la gran mayoría daba por hecho una lucha directa entre Diego Armando Maradona y Juan Manuel Fangio. Y todos descartaban de plano la posibilidad de elegir a ambos, porque así lo estipulaba el sistema de elección. Pero el juego periodístico fue válido, más allá del marketing del fin de siglo que impuso consagrar en fila al Atleta del Siglo, al Campeón del Siglo y al  Equipo del Siglo, como una advertencia de que en este que nos toca vivir solo existirían los héroes que hayan sobrevivido a tanto desastre. Es decir, un tiempo exclusivo para exitosos.
Según una ocurrencia de Jorge Valdano, éxito, leído en inglés, significa algo así como "salida hacia a la nada" (exit + 0). Para el mismo excampeón mundial, el éxito hace al hombre un treinta por ciento más estúpido. El deporte-espectáculo siempre ha sido despiadado cuando se habla de éxito o fracaso. Y esas mismas reglas de juego suelen aplicarse a la hora de las consagraciones. Muhammad Alí, por ejemplo, era un fracasado para el establishment cuando a fines de los sesenta fue despojado de su corona por negarse a combatir en Vietnam. Idéntico gesto, sin embargo, es visto hoy como una de las grandes razones, además de las deportivas, por la que muchos lo eligieron a fines del 2.000 como el Atleta del Siglo.
Los ídolos ocupan en el mundo inconsciente de sus admiradores, lugares y posiciones que responden a las fantasías personales, especialmente aquellas que se sitúan más allá del bien y del mal. Pero nadie admite que el ídolo se caiga. Porque mientras fue ídolo logró que el público, fascinado con sus creaciones, dejase de lado durante algunas horas sus dolores, pero cuando cae se ilumina la pendiente que momentáneamente ayudó a olvidar. Y entonces el ídolo es un desesperado más. Generalmente se posiciona a los ídolos como personas que pueden permitirse cualquier cosa. Pero hasta cierto punto, el que determina la lógica de cada seguidor y que, en definitiva, marca su declinación o su caída. Esta comienza cuando el ídolo pierde sintonía con quienes lo admiran y entonces los aplausos se agotan. Allí, el hombre que sostiene al ídolo se duele ante la ingratitud de la gente a la que le ofreció lo mejor de su creatividad, y entiende que no solo alcanza con ser fenomenal y carismático. También es imprescindible alimentar el triunfo que la voracidad del público precisa evitando tener malas tardes o, sobre todo, mantener absolutamente ocultas sus miserias personales. En los tiempos antiguos, cuando los griegos y latinos inventaban sus idiomas, le pusieron nombre a aquello que en las funciones teatrales no debía mostrarse en escena. Era lo obsceno, lo que debía quedar a resguardo de la mirada y escucha del público. Mostrarlo era, y continúa siéndolo, arriesgar la obscenidad.
Hace unos días se entregaron los premios Olimpia, una distinción menospreciada por la prensa que deja la ceremonia y las notas sobre los ternados y los ganadores en un plano inferior. Lo cierto es que esta vez casi no hubo discusión. A nadie se le podía ocurrir que Juan Martín del Potro no ganara el premio de oro, más allá de actuaciones como las de Paula Pareto o Santiago Lange en los últimos Juegos Olímpicos. Y ganó la lógica. Se lo dieron al tenista abucheado, ovacionado, discutido e idolatrado. Todo según el momento y sus resultados deportivos que obtenía. Sería bueno que ahora que empieza un nuevo año nos propongamos algo más que hacer dieta o dejar de fumar. Por ejemplo no ser tan extremistas a la hora de analizar a un determinado deportista. Gozar más y juzgar menos. Sería una muestra de crecimiento y sabiduría. Y también la pérdida de nuestra personalidad.

 

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