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La otra mirada: Muerte en la cancha

Por la sangre de Abdón

Porte era el ídolo de Nacional de Montevideo. Había ganado 19 títulos y tenía solo 25 años. Pero su estrella de pronto se apagó, dejó de ser indiscutible y cambió aplausos por silbidos. Sintió que ya no podría jugar. Y decidió pegarse un tiro en el corazón en el Estadio Parque Central. Fue el 5 de marzo de 1918. El mundo del fútbol lo recuerda como un mito.


yo opino
lunes, 12 de marzo del 2018 | 04:00Hs

"En el retrato que lo ha inmortalizado para siempre, Abdón Porte mira de frente a su destino. Le brilla el cabello, peinado escrupulosamente con la raya en el lado izquierdo. Sus rasgos son de titán: orejas de gigante, cejas ciclópeas, nariz de coloso. Sus labios, gruesos y carnosos, no sonríen. Todo en su rostro transmite una calma reposada, como la de los futbolistas que juegan con la cabeza alta, despreocupados de los botes del balón. Viste traje oscuro, camisa blanca, corbata negra. Rebosa juventud, vitalidad, fuerza. Nada, en aquella foto, presagiaba el destino que le esperaba poco después: convertirse en el primer mártir de la religión del fútbol", Horacio Quiroga.
Cuenta la historia que Abdón Porte se mató de un balazo en el final del verano de 1918. Ocurrió en Montevideo, de noche y no en lugar cualquiera: fue en la cancha de Nacional, el club en el que, hasta hacía poco tiempo, había brillado como futbolista. El pibe de 25 años llevaba al "Bolso" en la sangre. Esa noche, y cuando tenía planificado su casamiento, el mediocampista que ofrecía hasta la piel en cada partido sintió que ya no era el mismo. Tomó la decisión en silencio: abandonó el festejo de su último triunfo en el centro de Montevideo. Se tomó el tranvía, se acercó al estadio Parque Central, entró al campo de juego vacío. Estaba solo. Fue hasta la mitad de la cancha. Sacó un arma. Le disparó a su corazón de jugador bravo y de hincha desmesurado. Murió pronto. A la mañana siguiente, la del 5 de marzo, el perro del canchero Severino Castillo lo descubrió allí, en el lugar de la tragedia elegida. Tenía la camisa llena de sangre y un sombrero con una carta que él había escrito para explicar.
"Querido Doctor José María Delgado. Le pido a usted y demás compañeros de Comisión que hagan por mí como yo hice por ustedes: hagan por mi familia y por mí querida madre. Adiós querido amigo de la vida". Y bajo su firma evocaba al club de su corazón ya roto: "Nacional aunque en polvo convertido / y en polvo siempre amante. / No olvidaré un instante / lo mucho que te he querido. / Adiós para siempre".
 En los meses previos a la tragedia, el jugador se dolía con las heridas de la decadencia. Se sabe como es eso: los aplausos se evaporan para transformarse rápidamente en silbidos y la fama le deja su lugar a la indiferencia. Porte decidió que la vida y la pelota eran una sola cosa. Y que si ya no servía para la segunda, tampoco valía para la primera. Entonces hizo lo que hizo. Los diarios contaron lo ocurrido  impregnados de una lógica que recorre fuertemente la historia del fútbol. Dijeron que era una cuestión de honor.
La literatura abrazó su historia. El escritor Horacio Quiroga se inspiró en Porte para ofrecer su cuento "Juan Polti, half back", publicado en ese 1918 en la revista Atlántida. Así comienza: "Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones. Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol". Juan no era otro que el indescifrable Abdón. 
Por estos días, Nacional viste ropa especial, a cien años de la muerte inexplicable. El diseño de la camiseta está cargada al simbolismo. Su color principal es rojo sangre, mientras que los acentos en el cuello y puños son celestes como el cielo. En la parte trasera, en tanto, asoma una gráfica que marca el centenario de su partida. Uno de los ceros del 100 contiene una fotografía de Abdón Porte y una de sus frases inmortales: "Que siempre esté adelante el club para nosotros anhelo. Ahora y siempre, el club gigante. Viva el Club Nacional".
El inolvidable periodista Diego Lucero, también contó aquella historia en días lejanos: "Después del partido ante Charley, para la temporada de 1918, la directiva de Nacional decidió correr a Alfredo Zibechi al centro. Porte era reemplazado. Sería un suplente, un hombre de reserva. No pudo soportar el golpe. (...) Cinco días después Nacional disputó un partido con Wanderers a beneficio de la familia de Porte. Asistimos a ese cotejo en que flotó el recuerdo del Indio. Cuando los ojos distraídos dirigían sus miradas hacia el medio eje albo buscaban a Porte. Allí lo habíamos visto muchas veces; allí se había dormido, allí fue. Acaso la vieja torre del molino sigue mirando hacia allí".
Con el tiempo y los cuentos de Horacio Quiroga y Eduardo Galeano (Muerte en la cancha), la figura de Porte se volvió inmortal. En todos los partidos de Nacional en Parque Central es posible ver una bandera que dice "Por la sangre de Abdón". Hoy, la camiseta del Bolso no se hace más que renovar su amor eterno al club.

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