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Grandes personajes: Guillermo Barros Schelotto

Retrato del gran DT

Es uno de los mayores referentes del fútbol argentino contemporáneo. Fue un jugador con imagen típica del talentoso de potrero, que desbordaba picardía y habilidad. Ídolo de Gimnasia y Esgrima de su ciudad, La Plata, tiene en Boca una estatua junto a Palermo, Riquelme y Maradona. De paso por Rafaela, dirigiendo al líder del campeonato, el mellizo fue el centro de todas las miradas.


yo opino
lunes, 24 de abril del 2017 | 04:00Hs

Renato Cesarini decía que uno es igual en la cancha y en la vida. Una afirmación que abre la discusión. Porque con la gente, ya se sabe, es inútil proponer leyes inmutables. Los postulados sirven para las matemáticas, pero no siempre para los seres humanos. Allí suelen fracasar. La personalidad del hombre que ahora habita el banco de suplentes de Boca como director técnico, es opuesta a la de aquel futbolista que deslumbrara con su talento al tiempo que desplegaba toda su picardía de potrero como ningún otro en estos tiempos. La persona es la misma, pero ha cambiado su manera de manejarse en los campos de juego. "Yo siempre fui igual. Hay una imagen que tienen de mí que no es la real. Soy mucho más tranquilo de lo que la gente cree. Nunca me pelee con un compañero y, dentro de la cancha, tuve roces normales. En el mundo del fútbol se especula mucho, en la forma de intervenir en un grupo, para decir algo en los medios o para hacer un comentario en público. Si algo no hice ni haría nunca, es eso: especular. Yo trataba de sacar ventaja dentro del reglamento y que el árbitro me defendiera. Después, siempre hubo algún defensor que se quejaba al terminar un partido para justificar su derrota. Y yo pensaba: "Callate y andate a tu casa".
Su caso no es el del doctor Jeckyll y el señor Hyde, pero aún sin llegar a esos extremos la diferencia de imagen de Guillermo Barros Schelotto de civil y del mellizo futbolista es marcada. Si hasta César Luis Menotti lo bautizó como el último rebelde. "Creo que Menotti se refería a la rebeldía por tratar de hacer siempre algo distinto para superar un obstáculo. Espero tener esa rebeldía hasta el día que me muera. Como técnico me propongo siempre ganar un campeonato con el equipo que sea, no me gustaría hacer como un montón de entrenadores que llevan 25 años, no ganaron ni un título y solo les interesa acomodarse. La rebeldía es no quedarse en la cómoda".
Hijo de un padre ginecólogo y una madre maestra, con un hermano mayor y otro mellizo, tuvo esa rebeldía que luego desplegó en los campos de juego desde la cuna. Jugaban a la pelota desde que salían de la escuela hasta que llegaba la noche, y gritaban goles en el arco que daba al consultorio del doctor Hugo. Eso lo impulsó a llevarlos a For Ever, el club del barrio que conducía Daniel Epeola. El mismo que trabajaba en las inferiores de Estudiantes y que los arrastró para fichar por el Pincha. Pero los hermanos tenían el corazón en Gimnasia y aunque fueron al club por dos meses, coincidiendo con Juan Sebastián Verón, apenas pudieron se cruzaron al rival histórico.
Allí comenzó también la novela con quien luego formaría una dupla que se metió en la historia, Martín Palermo. "Había mucha rivalidad entre los dos clubes también en las formativas que, además, eran muy buenas y parejas. Palermo era así alto desde los 12 años, entonces le tiraban un centro y ganaban. En Sexta perdimos la final con Estudiantes y en la primera fecha con la Quinta nos tocó el clásico. Íbamos ganando y Palermo me tiró un codazo, creo que a propósito, porque el partido estaba caliente. Hubo un tumulto y echaron a mi hermano Gustavo, a Martín y a otro nuestro. El árbitro les dijo a los tres que tenían prohibido salir del vestuario, pero no le hicieron caso y se armó una tremenda pelea de 20 contra 20 pegándose afuera, mientras nosotros seguíamos el partido. Ahí empezó la bronca con Martín", cuenta Guillermo. Una relación que cambió cuando pasaron a Boca. "A mí me contrataron un día; y a Martín, el siguiente. Yo conocía el camino a Empleados de Comercio, en Ezeiza y cuando fuimos con Gustavo, Martín nos vio en el peaje y nos hizo la seña de que nos seguía, porque él iba por primera vez. En el vestuario estábamos los tres solos. Hubo un "Hola, ¿qué tal?", nos dimos la mano y nos quedamos una hora sentados los tres, sin decir nada. Después, el Bambino Veira nos puso juntos en la habitación, y así empezamos a hablar. Ayudó que estuviéramos cerca en el campo de juego, que viviéramos los dos en La Plata, entonces una vez era "Venite que te llevo" y viceversa. Nunca nos tuvimos que sentar a aclarar nada, se dio todo naturalmente. Los dos fuimos inteligentes para dejar de lado los problemas que habíamos tenido, que tampoco eran muy importantes".
Ya había pasado la primera parte de una etapa tan feliz como traumática en Gimnasia, con actuaciones sobresalientes y resultados inéditos para el club hasta el final, ya que perdieron ambos torneos Clausura 95 y 96 en la última fecha. Lo de Boca fue mucho mejor y hasta le permitió ponerse la camiseta del seleccionado nacional en 10 oportunidades. Su estilo y las grandes conquistas lo transformaron en ídolo de la 12. En una década (1997-2007), el mellizo festejó seis torneos locales y diez internacionales, entre ellos, cuatro copas Libertadores (2000, 2001, 2003 y 2007) y dos Intercontinentales (2000 y 2003). Luego pasó al Columbus Crew de la Major League Soccer donde fue figura central hasta que decidió volver a Gimnasia para aportar su experiencia tratando de lograr lo que finalmente no se daría, salvar al club de su corazón del descenso. Su imagen frente a los hinchas xeneises siguió agigantándose hasta el punto que decidieron hacerle un monumento que hoy está en el Museo de la Pasión Boquense junto al de Diego Maradona, Juan Román Riquelme y Martín Palermo. "Estoy muy emocionado. Más allá de los títulos ganados y de los partidos jugados me queda el afecto permanente de la gente", expresó Barros Schelotto el día en que lo homenajearon. 
Tras el retiro, se convirtió en entrenador. Entre 2012 y 2015 dirigió a Lanús junto a su hermano Gustavo. Fueron 167 partidos en los que el granate pasó a ser un gran equipo que se consagró en la Copa Sudamericana de 2013. Esos buenos resultados lo llevaron a quedar en la cuarta posición del ranking mundial de la IFFHS, por detrás de Bayern Munich, Real Madrid y Barcelona, en abril del 2014. Entonces le llegó la posibilidad en Italia, para tratar de salvar del descenso al Palermo, pero no logró el permiso de la UEFA para dirigir y tras solo cuatro encuentros decidió dejar Europa. Y poco después, el miércoles 2 de marzo de 2016, fue presentado junto a su hermano como nuevo técnico de Boca. Lugar donde espera hacer realidad aquella frase de Jorge Valdano. "Tarde o temprano voy a armar el equipo que quiero, mientras que nunca fui el jugador que quise ser".
Se fue de Rafaela con el sinsabor de un empate que remarca como está de parejo nuestro fútbol, y que deja a los rivales directos bastante más cerca. Discutió con alguien que lo insultó y se fue enojado, dándole la razón a Renato Cesarini. Su equipo es un manojo de contradicciones que desborda protagonismo. El mismo que mostraba cuando se vestía de jugador y deslumbraba desbordando rivales a pura habilidad mientras los sacaba de quicio con su picardía. La misma que refleja su cara pero que guarda celosamente tras su imagen de entrenador más parecido a míster Hyde.

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