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Una noche interminable


regionales
viernes, 12 de enero del 2018 | 04:00Hs

Foto: Archivo
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Una imagen aérea del 4 de enero de 2017. Gran parte del casco urbano y de la zona rural de Ramona bajo agua.

Por Gonzalo Rodríguez. El primer recuerdo que llega a mi mente trae imágenes y sonidos. Era la tarde/noche, el sol estaba sucumbiendo, luego de una jornada en la que no se atrevió a mostrarse tal cual es, prácticamente preso de unas nubes por demás amenazantes. Como si lo ocurrido no fuera suficiente, ellas en lo alto le daban al escenario tétrico y espeluznante un tinte más de suspenso.
Con la luz natural extinguiéndose Ramona quedaba a merced de la noche y su espesura, el sonido de las ranas o grillos o espectros, vaya uno a saber de qué especie eran esos quejidos en forma de chillidos atronadores, una especie de banda sonora de un filme protagonizado por caras largas, pesadumbre y tristeza.
Fue un día de trabajo arduo y doloroso. Las cadenas de televisión de alcance nacional, que cocinan en Buenos Aires, necesitan "sangre" y por eso se acuerdan de nosotros de tanto en tanto, entre tragedias o crisis. Sobre anegamientos e inundaciones en zonas rurales ya habíamos aprendido en el último tiempo, un especie de curso acelerado sobre las causas y varias materias aprendidas sobre las consecuencias de la permanencia extendida del agua que se queda entre los cultivos y baña las patas de los animales. Pero esto era desconocido para nuestra siempre insuficiente experiencia. Y para nuestro estado anímico.
Ramona es un pueblo bellísimo, su sociedad guarda relación directa con nuestra ciudad y sus "rafaelinismos". El más notorio, la preocupación en el detalle. El mayor porcentaje del casco urbano está integrado por casas cuidadas minuciosamente, incluso con flores como ornamentos, con colores renovados de paredes y aberturas. El agua no tuvo piedad de nada, cayó de manera histórica y le entregó a los ramonenses una crisis prácticamente inédita.
Hasta la plaza pudimos llegar sin problemas pero más allá hubo que arremangarse los pantalones y mojarse. Migue y Juan, un eficientes y valientes camarógrafo rafaelino, se metieron en lo más hondo (literal) de la inundación para retratar al pueblo como nadie. Camino a la empresa láctea el nivel les llegaba al pecho, evidenciando que la crisis no iba a tener rápida resolución.
Hacia los costados era el mismo paisaje y los habitantes deambulaban en busca de agua para sus familias o en busca de explicaciones.
Fabio Barbero iba y venía, blanco de todas las quejas, como si de él dependiera la madre naturaleza. Sin chistar explicaba las decisiones una y otra vez, apuntalado por fuerzas que nunca supe de donde sacaba. Mariano Cuvertino, importante funcionario provincial oriundo de Ramona y ex compañero en tiempos de la facultad, no entraba en su propia angustia. Una señora y sus hijos iban hacia la ruta: "me voy de mi hermana a San Francisco. No sé cuándo vuelvo, el vecino me va a avisar cuando baje. Bueno, no sé cuándo, porque ya se estaba quedando sin batería el celular".
Imposible retomar el servicio eléctrico, siquiera en los sectores no alcanzados por el agua. El peligro era latente y la endeblez de todo el sistema, una bomba de tiempo.
Omar Pautasso, padre de una compañera de trabajo de ese tiempo, quebrado no aguantó las lágrimas más allá de las primeras palabras: "he sufrido tantas inundaciones…la del ´73, ´78, ´81… pero como esta ninguna. Tuvimos que sacar a mi mamá en un carrito…no había otra forma, otra manera para poderla llevar…".
El pueblo ya había entrado en la fase resignación. Miraba casi con desdén hacia el cielo, desafiando los pronósticos que informaban aún por esas horas una alerta meteorológica. Difícilmente podían sentir un desconsuelo más profundo.
Nos fuimos de esa tierra malherida, con un sentimiento de culpa difícil de graficar. Volvíamos a nuestra Rafaela más protegida, al confort de nuestros hogares y a la tranquilidad de nuestra familia. Dejábamos a Ramona envuelta en su propia noche, botín del agua y la oscuridad, bajo un coro de sonidos de insectos y alimañas, quejándose por el destino. Sus habitantes habían perdido el habla.

 

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