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La otra mirada: Los Mundiales de Mussolini

Vencer o morir

Il Duce fue de los primeros en entender que el fútbol es el sitio ideal para hacer propaganda política. Y lo puso en práctica inicialmente, durante la segunda Copa del Mundo que se realizó en su país en 1934 cuando presionó a todos para que Italia sea el campeón. Y él se muestre victorioso.


yo opino
lunes, 28 de mayo del 2018 | 04:00Hs

Los carteles publicitarios del segundo campeonato mundial de la historia exhibían un futbolista italiano visto desde abajo, haciendo un saludo fascista mientras tenía un balón en los pies. Entre el 27 de mayo y el 10 de junio de 1934, tiempo en que se desarrolló, las tribunas se inundaron de las famosas camisas negras que vestían los integrantes de la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional, y cada victoria del equipo italiano tenía una dedicatoria especial: los jugadores, es decir, los ídolos, a los que se busca copiar, saludaban al palco con el brazo extendido y la palma bien abierta. ¿Quién se suponía que estaba en el palco de honor? El propio Mussolini, quien no faltó a ningún encuentro de la Azzurra. La estrategia de la maldad cerraba por todas las partes.
En Argentina se vivía por entonces la Década infame, ese período oscuro de nuestra historia que comenzó el 6 de setiembre de 1930, con el golpe de estado cívico-militar que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, y finalizaría el 4 de junio de 1943, con un nuevo golpe, que esta vez derrocó al Demócrata Ramón Castillo. El presidente en el 34 era Agustín P Justo. El radicalismo continuaba en estado de abstención electoral y Buenos Aires esperaba por la promesa de arribo del Graf Zeppelín, obra de arte de la aeronáutica alemana que arribó finalmente el 30 de junio. En el Mundo crecía el temor por la amenaza de Adolf Hitler, admirador de Mussolini, que se preparaba para conquistar Europa. 
Ya hacía tres años que nuestro fútbol había comenzado el camino del profesionalismo, y entonces la AFA decidió priorizar los intereses de grandes equipos como Boca o River, que tenían figuras de la talla de Francisco Varallo o Bernabé Ferreyra por sobre el seleccionado. Todo a pesar de los grandes logros obtenidos por éste, como la medalla de plata en los juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 o el subcampeonato en el primer Mundial de la historia, en Uruguay 1930. Se decidió que nos represente un modesto plantel amateur, formado por varios jugadores del interior del país. Tras un largo viaje de 13.000 kilómetros en el barco "Athenia", la selección debutó en la sede de Bolonia ante Suecia, perdió dignamente por 3 a 2, y quedó eliminada. Es decir que pasó más tiempo en el mar que en el torneo.
En realidad, nadie se había conmovido por la partida del equipo. Todo lo contrario, imperaba el más profundo de los escepticismos. Para el ambiente futbolístico, no tenían la más mínima chance. Y eso quedó claramente expresado en la carta que José Nehín, jugador del Sportivo Desamparados de San Juan, escribió para el diario Tribuna durante la escala en el puerto de Santos: "Nosotros, los chacareros, les vamos a demostrar a los profesionales que también somos argentinos". En esa escala brasileña tuvieron su única "práctica de fútbol", un livianísimo amistoso ante los marineros de a bordo.
Sin embargo, el Mundial estuvo muy lejos de la bucólica indiferencia de nuestro medio. Porque se duplicó el número de federaciones interesadas y se jugaron las primeras eliminatorias de la historia. Todo a pesar de las fuertes reacciones negativas provocadas por la ostensible manipulación de la organización de parte de Benito Mussolini, Il Duce, quien lo utilizó descaradamente para promocionar el régimen totalitario que oprimía a Italia, conocido popularmente como fascismo.
Hasta el 8 de octubre de 1932, cuando el Congreso de la FIFA celebrado en Zúrich aprobó la candidatura italiana, Mussolini había visto un solo partido de fútbol en su vida. Pero sabía que era un espectacular conductor de pasiones y no dudó en valerse de él para sus fines políticos. Se hizo explicar las reglas del juego, puso el aparato propagandístico del fascismo al servicio del Mundial y hasta eligió al técnico de la selección azzurra, Victorio Pozzo.
Mientras Argentina cruzaba el Atlántico, el torneo entraba en clima. Por extraño que parezca, el país organizador tuvo que jugar la eliminatoria, que Italia ganó por nocaut en el primer round. Goleó 4-0 a Grecia en Milán, y los griegos, deprimidos ante semejante cachetazo, renunciaron a jugar la revancha. Un episodio tan curioso como que Estados Unidos y México dirimieran su cupo en la mismísima Roma, apenas tres días antes del partido inaugural del Mundial, con victoria para los norteamericanos por 4-2. Y otra curiosidad insoslayable fue la voluntaria ausencia de Uruguay, el campeón defensor, todavía dolido por el escaso nivel de adhesión que los europeos habían mostrado ante el torneo que los orientales habían realizado cuatro años antes.
Los organizadores decidieron que la primera fase fueran ocho llaves con eliminación directa. Poco menos que una falta de respeto para equipos como Argentina y Brasil, que corrían el riesgo de viajar varios días para disputar un solo partido, cosa que nos ocurrió.
Con la finalidad de edificar un equipo campeón, el técnico italiano no dudó en fichar a cuatro argentinos que actuaban en el medio local: Luis Monti, Enrique Guaita, Atilio Demaría y Mumo Orsi. Ellos y el brasileño Guarisi se transformaron en el toque de distinción de una selección que jugaba con una presión que bien podía medirse en toneladas: lograr el título para satisfacer el pedido de Mussolini. Digamos que las visitas de Il Duce a la concentración distaban mucho de ser simpáticas o relajantes. Solía despedirse con una frase que quedó patentada en la historia: "Y ya saben: si no ganan la Copa, ¡crash!",  decía al tiempo que se pasaba el dedo índice por el cuello. Una amenaza que él y su deplorable régimen concretaban con una tenebrosa naturalidad en toda Italia. Cada vez que escuchaba eso, Luisito Monti, el mismo que había sufrido amenazas de muerte defendiendo a Argentina en Uruguay 1930, maldecía su paradójica suerte: "¡Qué desgracia la mía! Hace cuatro años me mataban si ganaba y acá me van a matar si perdemos…".
Por suerte para Monti y sus compañeros, Italia pasó sin problemas a Estados Unidos, salió ileso de la tremenda doble batalla con España, eliminó con un gol de Guaita al equipazo de Austria y llegó a la final con Checoslovaquia. Para variar, la noche anterior recibieron a Mussolini y escucharon su "charla técnica": "Si los checos son correctos, nosotros seremos correctos. Pero si nos quieren ganar de prepotentes, el italiano debe dar un cazote y el adversario caer… Buena suerte. Y a no olvidarse de mi promesa: ¡crash!". Semejantes palabras eran un símbolo de la impunidad fascista. Los checos sabían que su suerte estaba echada. Por las buenas o por las malas, sería muy difícil que obtuvieran el título. Se pusieron en ventaja a veinte del final, absorbieron el empate y entregaron hasta la última gota en el alargue, donde Schiavio metió el agónico gol del campeonato.
Al final lo tiñó el bochornoso protagonismo de Mussolini, que le entregó la Copa al capitán Combi y se quedó a su lado cuando un grupo ataviado con las camisas negras fascistas le daban otra más grande, con la leyenda "Coppa dil Duce". El arquero italiano no pudo despreciarla y terminó haciendo equilibrio con un trofeo en cada mano, mientras Mussolini le arrebataba el espacio estelar a Jules Rimet, presidente de la FIFA. Fue el oscuro epílogo para un torneo que Argentina despreció. 
Cuatro años después, Italia volvería a ser campeón del mundo, esta vez en Francia. Mussolini, en la antesala de la segunda guerra mundial, y ya siendo un experto en esto de los "beneficios" del fútbol, envió un mensaje a "sus" jugadores de cara a la final frente a Hungría: "vencer o morir". Italia ganó 4 a 2, no hubo muertos y en el diario La Gazzetta dello Sport se leyó "la apoteosis del deporte fascista en esta victoria de la raza". En las semifinales, tras vencer a Brasil con un polémico arbitraje (todos los jueces eran europeos), la prensa oficial fue todavía más a fondo: "Saludamos el triunfo de la itálica inteligencia sobre la fuerza bruta de los negros".
La selección italiana derrotó por 4 a 2 a Hungría y obtuvo el bicampeonato. Tiempo después, el arquero húngaro Antal Szabó reconoció: "Nunca me sentí tan feliz por una derrota. Aquella vez le salvé la vida a 11 seres humanos".

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